La plantilla olmeca que edificó Monte Albán y Teotihuacan
Una herencia ceremonial de la costa del Golfo —el calendario, el juego de pelota, el dios de la lluvia y la idea de una capital sagrada— penetró en las tierras altas de Oaxaca hacia 500 a. C. y fue retransmitida al norte, hasta la mayor ciudad que las Américas habían contemplado hasta entonces. Llevó consigo, además, una plantilla de conquista, de sacrificio de cautivos y del monumento que publicita ambas cosas.
Hacia 500 a. C., unas dos mil personas abandonaron la aldea de San José Mogote, en el valle de Oaxaca, y construyeron una nueva capital sobre una cresta sin agua, cuatrocientos metros por encima del fondo del valle. Monte Albán no tenía tierras de cultivo ni más razón de existir que el poder. El pueblo de las Nubes que la levantó había absorbido, a lo largo de seis siglos de comercio con los olmecas de la costa del Golfo, un conjunto ceremonial —un calendario de 260 días, el juego de pelota de hule, un dios de la lluvia y el rayo, la ciudad de pirámide y plaza— y lo había elaborado hasta convertirlo en escritura, conquista y un Estado militarizado. Esa plantilla se retransmitió al norte, hasta Teotihuacan, la mayor ciudad que las Américas precolombinas llegarían a conocer. Su factura se pagó en localidades sometidas y cautivos sacrificados.
Antes de la montaña: el valle de Oaxaca sin capital
Un mundo de aldeas jerarquizadas
Hacia el año 1150 a. C., las tierras altas del sur de México no albergaban ciudades, ni reyes, ni Estados. En el valle de Oaxaca —una cuenca en forma de Y donde tres brazos de tierra llana y fértil convergen a unos 1.500 metros de altitud— la gente vivía en aldeas agrícolas de casas de varas y techumbre de paja, cultivando maíz, frijol, calabaza y chile en el aluvión y almacenando el excedente en pozos acampanados excavados bajo el piso de sus viviendas.1 La mayor de estas aldeas, San José Mogote, en el brazo norte de Etla, había crecido para entonces hasta convertirse en una comunidad de quizá un millar de habitantes, dotada de edificios públicos, talleres artesanales y un orden social jerarquizado en el que algunos linajes reclamaban una precedencia fundada en la descendencia sobre los demás.1 No era todavía una capital. No gobernaba a nadie más allá de sus propios satélites, no extraía tributo de ninguna localidad conquistada y no dejó inscripción alguna que nombrara a un gobernante.
Joyce Marcus y Kent Flannery, que excavaron San José Mogote a lo largo de quince temporadas de campo entre 1966 y 1980, describen una sociedad de rango hereditario sin cargo hereditario: un mundo de cacicazgos, no un Estado.1 De aquellas excavaciones salieron más de treinta residencias y treinta edificios públicos, suficientes para reconstruir una comunidad que ya era desigual pero que aún no estaba gobernada.1 Esta es la calibración de la que depende el resto del registro. El pueblo de las Nubes —Be'ena'a, el nombre con que los zapotecas se designaban a sí mismos— poseía ya muchos de los elementos que las civilizaciones posteriores soldarían para forjar la realeza, pero los poseía en forma laxa y sin consolidar. El genio de lo que vino después no fue la invención. Fue el ensamblaje.
Lo que el pueblo de las Nubes tenía, y lo que le faltaba
La herencia zapoteca del Formativo era real y profunda. Disponían de una agricultura intensiva del maíz y del riego a brazo en los brazos más secos del valle. Tenían linajes jerarquizados y un culto a los antepasados que enterraba a sus muertos de élite bajo el piso de las casas y los alimentaba con ofrendas.1 Contaban con arquitectura ritual pública: en San José Mogote, una plataforma revestida de piedra sostenía un templo, y el Monumento 3, emplazado en un corredor entre dos edificios, no tardaría en portar la primera escritura del valle.2 Tenían especialistas artesanos que trabajaban espejos de magnetita y ornamentos de concha, así como lazos comerciales que alcanzaban la costa del Golfo, la cuenca de México y el Pacífico.1
Lo que les faltaba es lo que vuelve legible el cambio:
- Ningún centro primado: ningún asentamiento que dominara políticamente la totalidad del valle.
- Ninguna escritura monumental: ningún sistema desplegado en público para nombrar gobernantes, fechas y conquistas.
- Ningún aparato permanente de conquista: ningún Estado que anexara a sus vecinos y consignara la anexión.
- Ninguna capital desincrustada: ninguna ciudad fundada deliberadamente en terreno neutral para gobernar una región desde lo alto.
- Ningún culto de Estado: ninguna religión administrada por un sacerdocio distinto del hogar y de sus antepasados.
Cada uno de estos rasgos lo poseerían los zapotecas en el plazo de unos pocos siglos; cada uno, en la forma que adoptó, llevaba la huella digital de un complejo ceremonial monumentalizado por vez primera quinientos kilómetros al este.
Nombrar a los hijos por los días: el calendario antes de la capital
Una herencia que los pueblos de las tierras altas compartían ya con la costa del Golfo merece atención propia, pues es el hilo que recorre sin quebrarse toda la cadena. Para el Formativo medio, el calendario ritual de 260 días —el piye en zapoteco, el tonalpohualli de los aztecas posteriores— estaba en uso en toda Mesoamérica, entrelazando veinte nombres de días con los números del uno al trece.4 A los niños se les daba nombre según el día de su nacimiento: «1 Temblor», «8 Venado», «6 Agua». El nombre calendárico de una persona era a un tiempo una identidad y un horóscopo, que la fijaba en un orden cosmológico más antiguo que cualquier Estado.
El calendario importaba políticamente porque hacía nombrable al cautivo. Cuando emergió la escritura mesoamericana, su primera y más persistente función fue adjuntar un nombre calendárico a una persona representada, y las primeras personas así nombradas, en Oaxaca, fueron las sacrificadas.4 La cuenta no fue una invención olmeca entregada a receptores pasivos; como la cerámica, era propiedad compartida de un mundo formativo en interacción.6 Pero fue el armazón institucional sobre el que se edificarían más tarde la escritura, el registro dinástico y la designación pública de los muertos. El pueblo de las Nubes tuvo el calendario antes de tener un rey. Lo que la transmisión les dio fue el aparato que convirtió el calendario en un instrumento de gobierno.
Los bienes olmecas que llegaron primero
El primer contacto fue comercial y recíproco. Hacia 1150 a. C., los artesanos de San José Mogote pulían y bruñían espejos de magnetita e ilmenita —minerales de hierro—, y estos espejos viajaban al este, hacia los centros olmecas de la costa del Golfo, donde las familias de élite los lucían como pectorales.1 A cambio, el valle de las tierras altas recibió cerámica, iconografía e ideas. Las vasijas de San José Mogote portan motivos incisos de estilo olmeca que los especialistas leen como cosmológicos: la «serpiente de fuego» de cabeza hendida o dragón celeste, y el «hombre-jaguar» asociado a la tierra y a la lluvia.5 Durante décadas, estos motivos anclaron el modelo de la «cultura madre», según el cual los olmecas de la costa del Golfo habrían sido el manantial único del que brotó toda la civilización mesoamericana posterior.
Ese modelo se ha matizado. Un estudio petrográfico de 2005, realizado por James Stoltman, Joyce Marcus, Kent Flannery y otros colaboradores, seccionó cerámica de cinco sitios formativos y demostró que las vasijas se desplazaban en ambos sentidos entre las tierras bajas del Golfo y las tierras altas: San José Mogote exportaba vasijas al corazón olmeca, y no solo a la inversa.7 La síntesis actual, formulada por Christopher Pool, no concibe a los olmecas como una madre que dio a luz a hijas pasivas, sino como el nodo más precoz de una red de pueblos pares en interacción, el primero en monumentalizar un vocabulario simbólico compartido.6 La distinción importa tanto para el coste como para el crédito: lo que se difundió no fue una civilización acabada impuesta por la conquista, sino una plantilla adoptada, por gentes que ya disponían de la materia prima, porque confería poder. La costa del Golfo no colonizó Oaxaca. Las élites emergentes de Oaxaca echaron mano de lo que la costa del Golfo había construido, y lo emplearon las unas contra las otras.
La transmisión: una herencia llevada a las tierras altas
El complejo ceremonial olmeca
Para cuando La Venta alcanzó su apogeo en torno a 900-500 a. C., los olmecas habían ensamblado y monumentalizado un conjunto de instituciones que ninguna sociedad mesoamericana anterior había mantenido unidas en un solo lugar: un centro ceremonial de pirámide y plaza dispuesto sobre un eje deliberado; el retrato colosal de los gobernantes; el calendario ritual de 260 días y los numerales de barras y puntos que más tarde portarían la Cuenta Larga; el juego de pelota de hule con sus canchas permanentes de mampostería; y una teología de hombre-jaguar, dios del maíz y serpiente emplumada o de fuego que ataba la soberanía a la fertilidad agrícola.5 Richard Diehl llama a esto el logro sobre el que «todas las civilizaciones mesoamericanas posteriores se construyeron»: no una invención aislada, sino una síntesis operativa de arte de gobernar y cosmología.5
El conjunto era portátil precisamente porque era abstracto. Un calendario, una cancha de pelota, una deidad y el plano de una ciudad sagrada pueden llevarse en la cabeza de los comerciantes, los sacerdotes y las élites que se entremezclaban por matrimonio; no requieren ejército. La ruta hacia Oaxaca discurría por el país de habla mixe-zoqueana del Istmo y de las tierras altas de Chiapas, el mismo corredor por el que, según sostienen Marcus y Flannery, la idea arquitectónica de la plaza principal flanqueada por residencias de élite a cada lado llegó hasta los zapotecas, «probablemente desde La Venta o desde las tierras altas de Chiapas».1 Michael Coe y Rex Koontz describen el Formativo medio como el periodo en que esta síntesis de la costa del Golfo se convirtió en la gramática común de la vida de élite mesoamericana, legible desde la costa del Pacífico hasta las tierras altas centrales.19
El juego de pelota y el calendario: dos instituciones portátiles
Vale la pena aislar dos de las instituciones transmitidas, porque muestran cómo una plantilla abstracta se convierte en un instrumento concreto de poder. El juego de pelota de hule —practicado en una cancha de mampostería con una pelota maciza de látex, en ocasiones hasta la muerte del bando perdedor— fue una elaboración olmeca de una práctica que se remontaba al Formativo más temprano.5 Penetró en las tierras altas a la vez como deporte y como rito, un certamen capaz de representar la lucha cósmica, de dirimir disputas entre élites y de proveer cautivos para el sacrificio. Las canchas aparecen por todo Oaxaca y, más tarde, en Teotihuacan, donde la iconografía del juego y el culto asociado a la pelota de hule perduraron incluso allí donde ha resultado más difícil identificar una cancha formal.8
El calendario fue la otra institución. En su forma desarrollada de Cuenta Larga —un cómputo lineal de los días a partir de un cero mítico fijo— aparece primero en la zona epiolmeca e ístmica, en monumentos como la Estela C de Tres Zapotes, que porta una fecha equivalente al año 32 a. C.5 Los zapotecas de las tierras altas emplearon la cuenta de 260 días de forma monumental desde la fundación de Monte Albán; los pueblos del centro de México llevaron esa misma cuenta a la planificación de Teotihuacan, donde la simetría de los depósitos sacrificiales de la ciudad está supeditada a números calendáricos.10 Un juego de pelota y un calendario no son, en sí mismos, instrumentos de dominación. Pero un Estado que controla la cancha y descifra la cuenta controla quién juega, quién es nombrado y quién es ejecutado; y eso es lo que construyeron los herederos de las tierras altas.
Monte Albán: una capital sobre una cresta vacía
Hacia 500 a. C. ocurrió en el valle de Oaxaca algo sin precedente local. Al final de la fase Rosario, San José Mogote y sus aldeas satélites perdieron a unas dos mil personas de manera más o menos simultánea. Esas gentes ascendieron, hasta la cumbre de una cresta escarpada que se alza unos 400 metros sobre el fondo del valle, en el punto exacto de unión de los tres brazos del valle, un lugar sin agua permanente, sin tierras de cultivo y sin ocupación previa.13 Allí fundaron Monte Albán y, casi de inmediato, comenzaron a levantar una muralla defensiva, que con el tiempo alcanzaría tres kilómetros de longitud, a lo largo de las laderas más suaves.1
Richard Blanton, que dirigió el primer reconocimiento completo del patrón de asentamiento del sitio, dio nombre a lo que habían creado: una capital desincrustada, una sede de gobierno emplazada deliberadamente en terreno neutral, por encima de las comunidades rivales que estaba destinada a gobernar, sin deber lealtad a ninguna de ellas.3 Es uno de los casos más nítidos del registro arqueológico de un Estado fundado por acto deliberado —un congregamiento de población sobre un terreno escogido— y no por la lenta hinchazón de una sola localidad. En el plazo de dos siglos, Monte Albán llegó a albergar a quizá cinco mil personas y dominó un valle que jamás había respondido a un solo centro.1
La herencia olmeca es visible en los huesos de la nueva ciudad: la gran Plaza Principal nivelada, los templos sobre plataformas alineados a lo largo de sus bordes, la orientación y la lógica ceremonial. Pero los zapotecas no copiaron. Tomaron una plantilla de la costa del Golfo para un centro ceremonial y la convirtieron en algo que los olmecas jamás habían construido: una capital artificial cuyo primer gran monumento público fue una galería de los muertos.
La escritura como epígrafe de los caídos
La escritura más antigua de datación segura del valle de Oaxaca es una piedra de umbral. El Monumento 3 de San José Mogote, tallado hacia 500 a. C., muestra a un hombre desnudo y despatarrado, con los ojos cerrados y un chorro estilizado de sangre que se enrosca brotando de su pecho abierto; entre sus pies, dos glifos componen un nombre calendárico, leído como «1 Temblor», casi con certeza el nombre del muerto, tomado de la cuenta de 260 días.4 Figura entre las inscripciones más antiguas de las Américas, y es el epitafio de un cautivo sacrificado, dispuesto a modo de escalón para que toda persona que entrara en el edificio pisara al vencido.
En Monte Albán la práctica se volvió monumental. La estructura más antigua de gran tamaño de la Plaza Principal, el Edificio L, estaba revestida con una galería de más de trescientas lajas de piedra talladas: los danzantes, así llamados en el siglo XVIII por sus miembros contorsionados.1 No están bailando. Son cautivos muertos o agonizantes, muchos representados desnudos y con los ojos cerrados, varios con volutas de sangre o mutilación genital, y un cierto número rotulados con glifos que los nombran.4 La lectura de Joyce Marcus se ha vuelto canónica: la escritura mesoamericana no nació como contabilidad ni como literatura, sino como propaganda política, la designación pública de gobernantes, dinastías y, sobre todo, enemigos conquistados.4

Un siglo o dos después, los zapotecas añadieron un segundo monumento de la misma índole. El Edificio J, una estructura en forma de punta de flecha, atravesada por túneles y dispuesta de manera oblicua a la retícula de la plaza, porta unas cuarenta o cincuenta «lajas de conquista», cada una de las cuales combina un toponímico —un glifo de cerro coronado por un emblema— con una cabeza humana invertida, el signo mesoamericano habitual del señor derrotado y decapitado y de la localidad que había gobernado.14 Las lajas son, en efecto, un nomenclátor pétreo de la expansión de Monte Albán. El Estado zapoteca se anunció a sus propios súbditos en el único medio letrado que había construido, y el mensaje era una lista de los conquistados.
El relevo hacia el norte: Teotihuacan hereda
Mientras Monte Albán consolidaba las tierras altas del sur, un segundo heredero, a la postre más grande, se gestaba trescientos kilómetros al norte. Hacia 100 a. C., la cuenca de México fue reorganizada por una catástrofe: las erupciones en la cuenca meridional —el volcán Xitle acabaría sepultando a la localidad rival de Cuicuilco— desplazaron a la población hacia el norte, en dirección a un valle alimentado por manantiales, junto a un conjunto de cuevas naturales.8 Allí, a lo largo de los dos siglos siguientes, se alzó una ciudad planificada con una rapidez y una escala que aún carecen de explicación cabal: Teotihuacan.
La nueva ciudad absorbió la totalidad de la herencia acumulada: el conjunto ceremonial olmeca tal como lo habían elaborado las culturas intermedias de las tierras altas, y la demostración zapoteca de que una capital sagrada podía planificarse de la nada sobre un terreno escogido. Hacia el año 150 d. C., sus constructores habían trazado la Calzada de los Muertos, una espina ceremonial de más de dos kilómetros de longitud, y habían alineado la ciudad entera según una retícula de unos 15,5 grados al este del norte, anclada por las colosales pirámides del Sol y de la Luna.89 El proyecto de cartografía de René Millon documentó una metrópoli de quizá veinte kilómetros cuadrados y, con el tiempo, unos dos mil conjuntos habitacionales amurallados: un grado de planificación urbana deliberada sin parangón en ningún otro lugar de las Américas contemporáneas.9
Lo que Teotihuacan heredó, lo transformó en escala. La pirámide y plaza de La Venta y la cresta de 400 metros de Monte Albán se convirtieron, en la cuenca de México, en la mayor ciudad que el hemisferio precolombino llegaría a contener jamás: una población que rozaba los cien mil habitantes en su apogeo del siglo II.8 George Cowgill, que estudió la ciudad durante medio siglo, subraya que se trató de un urbanismo sin precedente en la región: no una localidad hinchada, sino algo diseñado, impuesto sobre el paisaje por una autoridad de planificación de un poder formidable y todavía misterioso.8
Una ciudad de extranjeros
La escala de Teotihuacan se levantó, en parte, a costa de las ciudades de otros pueblos. La metrópoli atrajo a migrantes de toda Mesoamérica y los asentó, o dejó que se asentaran, en barrios étnicos identificables: un barrio oaxaqueño de inmigrantes zapotecas al oeste; un «barrio de los Comerciantes» con cerámica de la costa del Golfo y maya al este; y otros enclaves cuya alfarería y cuyas costumbres funerarias los marcan como foráneos.815 Linda Manzanilla denomina al resultado una sociedad corporativa multiétnica: una ciudad cuya unidad era administrativa y religiosa antes que étnica, que mantenía cohesionadas a poblaciones que conservaron durante generaciones las identidades de sus lugares de origen.13
Esta es la forma humana de la transmisión. El relevo de Oaxaca a la cuenca de México no fue un desplazamiento incorpóreo de motivos; lo cargaron familias zapotecas que caminaron quinientos kilómetros y reconstruyeron sus tumbas y a sus dioses en una capital extranjera. La misma apertura multiétnica que hizo de Teotihuacan la gran cámara de compensación de la cultura mesoamericana clásica —el lugar donde las tradiciones del Golfo, de Oaxaca y maya se encontraban y se recombinaban— concentró además, en una sola ciudad, a las poblaciones cuyo trabajo y cuyos muertos costearían sus monumentos.
Los enclaves son también la mejor prueba de que la transmisión discurrió por una línea genuina y no por invención independiente en cada nodo. Un barrio zapoteca en el interior de Teotihuacan, que mantuvo urnas y formas de tumba de Monte Albán durante siglos, constituye un vínculo material directo entre el segundo nodo de la cadena y el tercero: la prueba de que las gentes que habían recibido la plantilla olmeca en Oaxaca estaban físicamente presentes en la ciudad que la llevaría a su apogeo clásico. El atlas trata estos enclaves como el tejido conjuntivo de la historia mesoamericana: no metáforas de influencia, sino comunidades efectivas, con sus propios muertos, que mantenían unidas a dos culturas a través de quinientos kilómetros de montaña y llanura.
Qué cambió y qué fue reemplazado
La unificación de un valle
Para los zapotecas, el primer efecto de la transmisión fue el fin del mundo aldeano como orden autónomo. Antes de Monte Albán, el valle de Oaxaca era un mosaico de centros cacicales —San José Mogote, San Martín Tilcajete, Yegüih y otros— que competían, se asaltaban y de cuando en cuando incendiaban los templos ajenos, pero que no reconocían a ningún soberano común.1 En el plazo de unas pocas generaciones desde la fundación, Monte Albán había subordinado el valle entero y se había proyectado más allá de su borde. Las lajas del Edificio J nombran una cuarentena de lugares, varios de ellos identificados de manera verosímil con localidades situadas a decenas de kilómetros fuera del valle, sometidas a tributo o a amenaza militar.4
La categoría política que sustituyó al cacicazgo fue el Estado territorial, y con ella llegaron instituciones que el mundo aldeano no había poseído: una jerarquía de asentamientos de cuatro niveles con la capital en la cúspide; un sacerdocio al servicio de un culto de Estado distinto del culto doméstico a los antepasados; un sistema de trabajo por leva que levantó las plataformas monumentales de la Plaza Principal; y una élite letrada que consignaba todo ello en la nueva escritura.116 Arthur Joyce enmarca el periodo como la emergencia, en el sur de México, de las primeras sociedades en las que las instituciones de gobierno se desligaron del parentesco y se hicieron permanentes —y disputadas, pues los mismos monumentos que proclaman el poder de Monte Albán insinúan también la resistencia de comunidades del valle, como Tilcajete, que se opusieron a su incorporación.16
La ciudad clásica como máquina
En Teotihuacan la transformación fue aún más acusada, pues la ciudad parece haber suprimido la institución misma —la realeza dinástica personal— que Monte Albán había monumentalizado. Teotihuacan no dejó retratos reales, ni gobernantes nombrados, ni listas dinásticas de reyes del tipo que los mayas tallaban de manera obsesiva. George Cowgill la caracterizó como un lugar cuyos gobernantes eran extraordinariamente poderosos y, sin embargo, deliberadamente anónimos, cuya autoridad se expresaba a través de las instituciones corporativas del Estado y no del culto a un individuo nombrado.8
Lo que la ciudad clásica reemplazó fue la escala humana de todo cuanto la había precedido. En lugar de la aldea de varas y paja, construyó conjuntos habitacionales estandarizados de piedra y concreto, cada uno de los cuales albergaba a quizá entre sesenta y cien personas agrupadas en colectivos corporativos.8 En lugar del pequeño centro cacical, construyó una metrópoli planificada con barrios, mercados y enclaves extranjeros. Annabeth Headrick ha sostenido que el arte y la arquitectura de la ciudad operaban precisamente para subordinar al individuo a órdenes corporativos —cofradías militares, de linaje y sacerdotales— y no a una sola persona real, una estructura sociopolítica que ella denomina la «trinidad teotihuacana».18 Linda Manzanilla describe esa misma ciudad como un caso excepcional entre los Estados antiguos, una sociedad en la que el grupo social superaba sistemáticamente en rango al individuo, organizada desde el conjunto habitacional, pasando por el barrio, hasta la ciudad en su conjunto.13 El coste de ese orden, como veremos, quedó cargado en sus cimientos.
Cociyo, la Serpiente Emplumada y la persistencia de la lluvia y la sangre
La continuidad religiosa a lo largo de la cadena es el hilo aislado más claro. El hombre-jaguar olmeca —de cabeza hendida, gruñente, asociado a la lluvia y a la tierra— es el antepasado de una deidad de la lluvia y el rayo de las tierras altas que aparece en Monte Albán como Cociyo, el dios zapoteca de la lluvia, el rayo y la tormenta que da y arrebata la vida.14 Alfonso Caso, que excavó Monte Albán a lo largo de la década de 1930 y abrió la célebre Tumba 7, catalogó las urnas funerarias en las que la máscara bucal de Cociyo, su lengua bífida y su tocado reaparecen durante un milenio.14

En Teotihuacan, el mismo complejo aparece como el Dios de la Tormenta y, en forma monumental, como la Serpiente Emplumada cuyas cabezas de piedra —que se alternan con una segunda deidad de rostro hendido, leída por lo común como una serpiente de guerra o de fuego— revisten la fachada de la pirámide que lleva su nombre.810 La teología que ataba la soberanía a la lluvia y la lluvia a la sangre se transmitió a lo largo de toda la línea: un espíritu olmeca de la tierra y la lluvia se convirtió en un dios zapoteca de la tormenta, que a su vez se convirtió en la serpiente teotihuacana en cuya dedicación, como recoge el siguiente apartado, murieron unas doscientas personas. Lo que parece una continuidad iconográfica es también una continuidad de coste.
Lo que el mundo aldeano perdió
Es fácil leer la cadena como un ascenso —de la aldea a la capital y a la metrópoli, del motivo a la escritura y a la teología monumental—. El atlas no la lee solo de ese modo. Lo que la transmisión desplazó es específico y recuperable:
- La autonomía doméstica, disuelta en obligaciones de leva y de tributo hacia una capital que la mayoría de los súbditos nunca llegó a ver.
- El culto local a los antepasados, subordinado a un sacerdocio de Estado y a un panteón de Estado.
- El asentamiento disperso, sustituido por la nucleación; en Teotihuacan, por una aparente concentración forzosa que vació en la ciudad buena parte de la cuenca circundante.8
- La autonomía comunitaria, entregada por localidades como Tilcajete, que resistieron a Monte Albán y acabaron siendo absorbidas.16
- Las propias entidades políticas derrotadas, cuyos nombres solo sobreviven como las cabezas invertidas de las lajas de conquista de Monte Albán.
Las categorías que ganaron los pueblos de las tierras altas —Estado, rey, escritura, capital sagrada— se construyeron, materialmente, a partir de las categorías que perdieron.
Cuál fue el coste
Las lajas de conquista: un Estado que publicitaba su violencia
El primer plazo de la factura está tallado en los propios monumentos, lo cual es insólito: la mayoría de los Estados tempranos dejaron que su violencia se infiriera. Monte Albán la inscribió. La galería del Edificio L presenta, en hileras superpuestas, entre trescientos y cuatrocientos cautivos muertos y mutilados —la mayor exhibición de su género en la Mesoamérica formativa—, levantada en el plazo de un siglo o dos desde la fundación de la ciudad.14 El estudio de Heather Orr sobre los danzantes los interpreta como una retórica deliberada de intimidación dirigida a las poblaciones súbditas del valle y a las élites de visita: la nueva capital convirtió los cuerpos de sus enemigos en el revestimiento literal de su primer gran edificio.17
El Edificio J extendió la retórica de los cuerpos a las localidades. Sus cuarenta y tantas lajas de conquista emparejan cada toponímico sometido con la cabeza invertida de su señor abatido: un libro mayor público de gobernantes decapitados y comunidades anexadas.14 No podemos contar a los muertos que se ocultan tras esos glifos; los zapotecas consignaron el hecho de la conquista, no su precio demográfico. Pero los monumentos establecen el carácter del Estado que la plantilla olmeca ayudó a producir: militarizado desde su fundación, y orgulloso de ello. La escritura que el atlas celebra en otros lugares como una de las grandes herencias de la humanidad entró en las tierras altas de Oaxaca como un instrumento de terror.
Conviene sostener ambas verdades a la vez, pues la tentación es elegir. El mismo sistema de escritura que nombró «1 Temblor» sobre un cautivo sacrificado consignó también genealogías, calendarios y el año agrícola; el mismo calendario que ordenó la matanza en Teotihuacan gobernó asimismo la siembra del maíz. La plantilla olmeca no fue un arma disfrazada de civilización, ni una civilización malograda por un arma. Fue un único aparato integrado en el que la cosmología, la agricultura, la soberanía y la violencia eran una sola y misma máquina; y los herederos de las tierras altas la adoptaron en su totalidad, porque, en el mundo que estaban construyendo, las partes no podían separarse.
La Pirámide de la Serpiente Emplumada: los muertos de la dedicación
En Teotihuacan, el coste puede, excepcionalmente, contabilizarse en cuerpos. Cuando la Pirámide de la Serpiente Emplumada se levantó hacia el año 200 d. C., su construcción se consagró con el mayor sacrificio masivo documentado de la historia de la ciudad. Las excavaciones dirigidas por Rubén Cabrera, Saburo Sugiyama y George Cowgill recuperaron los restos de una ofrenda planificada de quizá entre doscientas y doscientas sesenta personas —al menos 137 individuos fueron documentados arqueológicamente—, inhumadas en tumbas simétricas supeditadas a números calendáricos y cosmológicos bajo la pirámide y en torno a ella.1011
A muchos se les dispuso en grupos de nueve, dieciocho o veinte —cifras tomadas del calendario ritual—, con las manos atadas a la espalda.10 Al menos setenta y dos eran varones ataviados como soldados, y varios portaban collares ensartados con maxilares humanos, reales e imitados, las mandíbulas de víctimas anteriores lucidas como trofeos.10 Sugiyama lee el depósito entero como la materialización de la ideología de Estado: militarismo, sacrificio y soberanía fundidos en los cimientos del monumento central de la ciudad, los muertos de la dedicación vueltos permanentes en el edificio que consagraron.10 Esta es la plantilla en su máxima extensión: la síntesis olmeca de soberanía y cosmología llevada, en Teotihuacan, hasta la matanza deliberada de doscientas personas para inaugurar una sola pirámide.
Tikal, 378 d. C.: la plantilla llevada al extranjero
La plantilla militarizada no permaneció en las tierras altas. En una fecha que los propios mayas consignaron como el 16 de enero de 378 d. C., una figura nombrada en las inscripciones como Siyaj K'ak' —«Nacido del Fuego»— llegó a la gran ciudad maya de Tikal; ese mismo día murió el rey de Tikal, y una nueva dinastía de explícita filiación teotihuacana ocupó el trono.19 El acontecimiento, a menudo llamado la «entrada», es uno de los casos mejor documentados del alcance de Teotihuacan en las tierras bajas mayas, y se reconoce por toda la región a través de la iconografía bélica de estilo teotihuacano, del átlatl o propulsor de lanzas y del Dios de la Tormenta de ojos anillados, adoptado como patrón de la conquista.19 Cualquiera que fuese su mecanismo preciso —invasión, golpe de Estado o la llegada de una legitimidad extranjera abrumadora—, muestra el conjunto heredado funcionando tal como los propios mayas ya entendían que funcionaba: como una carta fundacional de la guerra y del gobierno. El sustrato clásico que el pueblo de las Nubes había ensamblado proyectaba, para el siglo IV, violencia a mil kilómetros del lugar donde se había forjado.
El barrio oaxaqueño: una diáspora medida en urnas
No todo el coste fue matanza. Parte de él fue distancia. En el extremo occidental de Teotihuacan, en un barrio que los arqueólogos llaman Tlailotlacan —el «barrio oaxaqueño»—, una comunidad de migrantes zapotecas vivió durante siglos, a unos quinientos kilómetros de su tierra de origen, conservando a sus muertos en tumbas de estilo oaxaqueño y a sus dioses en urnas de estilo oaxaqueño.15 Las excavaciones de Michael Spence hallaron urnas funerarias de estilo Monte Albán, arquitectura de tumba zapoteca e incluso glifos zapotecas en el corazón de la metrópoli del centro de México.15
El análisis de isótopos estables de oxígeno de los muertos del barrio muestra que el enclave conservó su identidad zapoteca a lo largo de generaciones: migrantes de primera generación nacidos en Oaxaca, enterrados junto a descendientes nacidos en el lugar que aún mantenían las costumbres mortuorias de la tierra de origen.15 El relevo que este registro rastrea no fue una abstracción que se desplazaba entre culturas; lo cargaron gentes que dejaron un valle por otro y vivieron su existencia como minoría en la capital ajena, regresando a sus tumbas a lo largo de generaciones para quemar copal, pulque y sangre en honor de antepasados que habían vivido a quinientos kilómetros de allí.15 La textura humana de la transmisión es una diáspora.
El incendio de 550 d. C.
La plantilla sobrevivió a las ciudades que la portaron, pero las ciudades mismas murieron con dureza. Hacia 550 d. C., el núcleo monumental de Teotihuacan fue destruido en un único acontecimiento coordinado: los templos y las residencias de élite a lo largo de la Calzada de los Muertos fueron incendiados deliberadamente, y las esculturas del interior de conjuntos palaciegos como Xalla quedaron hechas añicos.812 El incendio fue selectivo —se concentró en los edificios religioso-estatales y administrativos del centro, no en los conjuntos habitacionales corrientes—, lo que ha persuadido a la mayoría de los especialistas de que no se trató de un saqueo foráneo, sino de una ruptura interna.12
Linda Manzanilla sostiene que la destrucción fue una revuelta: que la tensión entre la base corporativa de Teotihuacan y la «élite intermedia», cada vez más competitiva y excluyente, que regía sus barrios, acabó por estallar, y que las propias gentes de la ciudad incendiaron el aparato del Estado que las había gobernado.12 Si está en lo cierto, el último coste de la plantilla lo pagó la institución que la había impuesto. También Monte Albán quedaría en buena medida abandonada como capital política hacia el año 800 d. C., con su plaza y sus galerías de los muertos entregadas a la lluvia.1
Y, sin embargo, la herencia no ardió. La plantilla clásica —la ciudad sagrada planificada, la teología de la lluvia y el sacrificio, el calendario y la escritura, la fusión de la soberanía con la cosmología— pasó a Tula, a Cholula y, finalmente, a los mexicas, que atravesaron las ruinas de Teotihuacan ocho siglos después de su caída, la llamaron Teotihuacan, «el lugar donde se hicieron los dioses», y la convirtieron en el mito de origen de su propio imperio.8 La plantilla olmeca que el pueblo de las Nubes llevó a lo alto de una cresta vacía hacia 500 a. C. se convirtió, por la vía de Monte Albán y de Teotihuacan, en el sustrato de todo cuanto los españoles habrían de encontrar —y se dispondrían a destruir— en 1519.
La factura, sumada
El coste de esta transmisión se mantiene en una calificación moderada, y vale la pena exponer las razones con claridad. La difusión en sí —de los olmecas a los zapotecas, y de los zapotecas y los olmecas a Teotihuacan— fue abrumadoramente pacífica: comercio, matrimonios mixtos, emulación de prestigio y el lento desplazamiento de sacerdotes e ideas a lo largo de seis siglos, no conquista. Ningún ejército llevó el calendario a Oaxaca; ninguna flota impuso el juego de pelota a la cuenca de México. La línea de transmisión propiamente dicha no contiene batalla alguna.
Pero la plantilla que se desplazó era una plantilla para la jerarquía, la conquista y la matanza dedicatoria, y los Estados de las tierras altas que la recibieron edificaron su grandeza sobre localidades sometidas, galerías de cautivos tallados y los doscientos muertos atados bajo una sola pirámide. La transmisión no impuso esos costes; los hizo posibles, y las culturas receptoras los escogieron, los elaboraron y los exportaron hasta tan lejos como Tikal. Por eso la calificación se sitúa donde se sitúa: por encima del suelo, porque la herencia fue una herencia de violencia organizada tanto como de ciudades y calendarios; y por debajo de lo catastrófico, porque la matanza fue el acto deliberado de los herederos y no una propiedad del don. El pueblo de las Nubes no recibió una maldición. Recibió un conjunto de herramientas, y eligió qué construir con ellas; y lo que esas herramientas construyeron, una y otra vez, fue un Estado que anunciaba su poder exhibiendo a sus muertos.
Lo que siguió
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-1150Hacia 1150 a. C., motivos de serpiente de fuego y de hombre-jaguar de estilo olmeca aparecen en la cerámica de San José Mogote, mientras que los espejos de mineral de hierro pulidos allí se exportan al este, hacia la costa del Golfo olmeca: intercambio recíproco, no difusión unidireccional.
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-500Hacia 500 a. C., el Monumento 3 de San José Mogote representa a un cautivo sacrificado rotulado «1 Temblor» en el calendario de 260 días: una de las escrituras más antiguas de las Américas, y un epitafio de los caídos.
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-500Hacia 500 a. C., unas dos mil personas abandonan San José Mogote y fundan Monte Albán sobre una cresta sin agua, 400 metros por encima del fondo del valle, e inician una muralla defensiva de tres kilómetros: una capital creada por acto deliberado.
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-350Hacia 350 a. C., la galería del Edificio L de Monte Albán exhibe más de trescientos «danzantes» tallados: cautivos abatidos y mutilados que forman la fachada del primer gran monumento de la ciudad.
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-100Hacia 100 a. C., el Edificio J de Monte Albán porta una cuarentena de lajas de conquista que nombran localidades sometidas bajo las cabezas invertidas de sus señores decapitados: un libro mayor pétreo de la expansión.
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-100Hacia 100 a. C., Teotihuacan se consolida en la cuenca de México a medida que las erupciones volcánicas de la cuenca meridional desplazan a la población hacia el norte, dando inicio a la mayor ciudad planificada de las Américas precolombinas.
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150Hacia el año 150 d. C., la Calzada de los Muertos y las pirámides del Sol y de la Luna se trazan sobre la retícula de Teotihuacan, fijando la plantilla mesoamericana clásica de la ciudad sagrada planificada.
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200Hacia el año 200 d. C., la dedicación de la Pirámide de la Serpiente Emplumada de Teotihuacan se consagra con unas doscientas víctimas sacrificiales atadas, inhumadas en tumbas dispuestas según el calendario: la ideología de Estado vuelta permanente.
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378El 16 de enero de 378 d. C., la figura de Siyaj K'ak' llega a la ciudad maya de Tikal mientras muere su rey; una dinastía de filiación teotihuacana ocupa el trono y proyecta la plantilla de las tierras altas mil kilómetros hacia las tierras bajas mayas.
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550Hacia 550 d. C., el núcleo monumental de Teotihuacan es destruido en un incendio coordinado de los templos a lo largo de la Calzada de los Muertos: con toda probabilidad, una revuelta interna contra la élite gobernante de la ciudad.
Dónde vive esto hoy
Referencias
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