La soledad se asocia a 871.000 muertes al año. Contrastamos la prescripción social, los terceros lugares, la terapia y la IA con los ensayos: pocos salen indemnes.
El precio de la desconexión
Lo que cuesta la soledad y por qué florece el mercado de los remedios
La soledad y el aislamiento social se asocian a más de 871.000 muertes al año ✓ Hecho establecido [1]. Gobiernos, sistemas sanitarios y empresas tecnológicas invierten ahora sumas cuantiosas en remedios. Los datos indican que buena parte de ese dinero apunta a objetivos equivocados y que las intervenciones con mejores resultados son las menos vistosas de cuantas se ofrecen.
La respuesta breve a la pregunta de qué funciona contra la soledad es esta: las intervenciones que modifican la manera en que las personas crónicamente solas interpretan el contacto social, junto con una infraestructura vecinal barata que ofrezca a la gente un motivo regular para reunirse, son las que cuentan con mayor respaldo empírico ◈ Evidencia sólida [11] [30]. La prescripción social —la política estrella contra la soledad del NHS inglés— ha crecido hasta superar el millón de derivaciones anuales sobre una base de evidencia a la que los revisores independientes otorgan una certeza baja o muy baja [26] [21]. Los acompañantes de inteligencia artificial proporcionan un alivio real pero efímero, y los desarrollan empresas cuyos ingresos dependen de que los usuarios solitarios sigan conversando [41] [42]. Las estrategias nacionales contra la soledad, salvo contadas excepciones, contabilizan actividades en lugar de resultados [51] [59]. Este informe evalúa cada familia de intervenciones a la luz de la evidencia aleatorizada y cuasiexperimental, así como del precio que se paga por ella. La clasificación que se desprende no coincide con la que sugiere el destino del dinero.
La magnitud del problema ya no se discute seriamente. En junio de 2025, la Comisión sobre Conexión Social de la Organización Mundial de la Salud informó de que una de cada seis personas en el mundo sufre soledad y de que la soledad y el aislamiento se asocian a más de 871.000 muertes al año, unas 100 cada hora [1]. Los jóvenes no se libran: entre el 17 % y el 21 % de quienes tienen de 13 a 29 años declaran sentirse solos, y la prevalencia en los países de renta baja, en torno al 24 %, duplica con creces el 11 % registrado en los de renta alta [1]. La encuesta Meta-Gallup, realizada en 142 países, halló que el 24 % de los adultos se sentía muy o bastante solo, con la tasa más alta, del 27 %, entre las personas de 19 a 29 años y la más baja, del 17 %, entre los mayores de 65 [5]. La encuesta de la Unión Europea de 2022, con más de 20.000 participantes, situó en el 13 % la proporción de quienes se sienten solos la mayor parte del tiempo o siempre, porcentaje que asciende al 35 % si se incluye a quienes lo están al menos parte del tiempo [6].
Esas cifras de prevalencia difieren porque las preguntas difieren, y la diferencia importa a quien diseñe una intervención. La encuesta nacional de Japón registra un 4,3 % de personas que se sienten solas a menudo o siempre, pero alrededor de un 40 % que se sienten solas en algún grado [51]. Un programa dirigido a ese 40 % es una campaña masiva de bienestar; uno dirigido al 4,3 % se aproxima más a la atención clínica. La evidencia sobre mortalidad introduce una segunda distinción. Un metaanálisis de 2015 de Julianne Holt-Lunstad y sus colegas estimó que el aislamiento social elevaba la probabilidad de muerte en un 29 %, la soledad en un 26 % y vivir solo en un 32 % [4]. Un análisis más amplio publicado en 2023 en Nature Human Behaviour, que agrupó 90 cohortes y 2,2 millones de personas, halló un cociente de riesgos de 1,32 para el aislamiento, pero de solo 1,14 para la soledad ✓ Hecho establecido [3]. La condición objetiva de tener pocos contactos entraña un riesgo más mensurable que la sensación subjetiva de carecer de ellos, lo que significa que las intervenciones orientadas únicamente a cómo se siente la gente pueden pasar por alto parte del daño.
Las estimaciones económicas son elevadas, aunque la mayoría procede de modelos y no de la observación. El Public Policy Institute de AARP, en colaboración con investigadores de Stanford, calculó que los estadounidenses mayores socialmente aislados suponen 6.700 millones de dólares anuales adicionales de gasto en Medicare, es decir, 1.608 dólares por beneficiario aislado, en un colectivo de unos 4 millones de personas [8]. La New Economics Foundation cifró el coste de la soledad para los empleadores británicos en 2.500 millones de libras al año, de los cuales 1.620 millones se deben a la rotación de personal [7]. El propio ejercicio de monetización del Gobierno británico valoró la pérdida de bienestar asociada a la soledad grave en no menos de 9.537 libras por persona y año [9]. Un estudio de 2025 de la Universidad de Exeter con más de 23.000 británicos concluyó que las personas que se sienten solas con frecuencia cuestan al NHS hasta 885 libras más cada año [10]. Las cifras recopiladas para la Comisión de la OMS sitúan la pérdida anual para los empleadores estadounidenses en 154.000 millones de dólares y el coste para España en 2021 en 14.000 millones de euros, equivalentes al 1,17 % del PIB [2]; economistas australianos lo estiman en 2.700 millones de dólares australianos al año [62].
Estas cifras no sirven solo para dramatizar. Fijan el umbral de rentabilidad con el que debería juzgarse cualquier intervención. Según la valoración del Gobierno británico, un programa que cueste 500 libras por participante se amortizaría solo en términos de bienestar si aliviara la soledad grave durante un año completo en aproximadamente uno de cada veinte participantes [9]. Es un listón bajo, pero solo si el efecto es real, causal y duradero. La dificultad, como muestran las secciones siguientes, es que la mayor parte del dinero que hoy se destina a la soledad nunca se ha contrastado con ese listón. Las cifras del ámbito laboral apuntan a lo mismo desde otro ángulo: la encuesta mundial sobre el lugar de trabajo de Gallup de 2024 halló que el 20 % de los empleados se había sentido solo buena parte del día anterior, proporción que sube al 25 % entre quienes trabajan en remoto a tiempo completo y baja al 16 % entre quienes acuden a la oficina [63]. El lugar donde las personas pasan sus días determina con quién hablan, y eso es una variable de diseño, no un rasgo de personalidad.
La Comisión sobre Conexión Social de la OMS, en su informe de junio de 2025, cifró el balance en unas 100 muertes cada hora y constató que una de cada seis personas sufre soledad [1]. Los datos recopilados para el informe vinculan una conexión social deficiente con un riesgo un 32 % mayor de ictus, un 29 % mayor de cardiopatía y un 50 % mayor de demencia; sin embargo, solo ocho países —Alemania, Dinamarca, Estados Unidos, Finlandia, Japón, los Países Bajos, el Reino Unido y Suecia— cuentan con políticas nacionales integrales [2].
En torno al problema se ha formado un mercado que crece más deprisa que la evidencia. Inglaterra emplea ya a más de 3.300 profesionales de enlace de prescripción social [26]. Seúl ha comprometido 451.300 millones de wones, unos 326 millones de dólares, a lo largo de cinco años para un plan contra la soledad articulado en torno a una línea telefónica de atención las 24 horas [52]. Alemania aprobó en diciembre de 2023 una estrategia de 111 medidas [53], y Dinamarca, una alianza nacional de 75 iniciativas con el objetivo de reducir la soledad a la mitad de aquí a 2040 [54]. En el mercado privado, las aplicaciones de acompañantes de inteligencia artificial iban camino de ingresar más de 120 millones de dólares en 2025 [47]. En mayo de 2025, la Asamblea Mundial de la Salud adoptó su primera resolución sobre conexión social [55]. Casi ninguno de estos desembolsos va acompañado de una evaluación aleatorizada. La pregunta que plantea este informe es sencilla: de todo lo que se compra, qué marca realmente la diferencia ⚖ Controvertido y qué es puro teatro.
Lo que muestran realmente los ensayos
Efectos modestos, certeza baja y un ganador incómodo
Existen ya más de 128 estudios controlados y al menos 29 revisiones sistemáticas sobre intervenciones contra la soledad ✓ Hecho establecido [13] [14]. Su veredicto es coherente: las intervenciones reducen la soledad de forma modesta, la certeza de la evidencia es baja y el enfoque que mejor funciona no es el que ofrecen la mayoría de los programas.
La base empírica moderna arranca con un metaanálisis de 2011 de Christopher Masi, John Cacioppo y sus colegas de la Universidad de Chicago, que clasificó 50 estudios en cuatro estrategias: mejorar las habilidades sociales, reforzar el apoyo social, aumentar las oportunidades de contacto social y abordar la cognición social desadaptativa, es decir, los hábitos de pensamiento que llevan a las personas solas a esperar el rechazo [11]. Dos hallazgos han marcado el campo desde entonces. En primer lugar, los estudios no aleatorizados arrojaron efectos mucho mayores que los aleatorizados, una advertencia de que las evaluaciones de tipo antes y después favorecen a las intervenciones ✓ Hecho establecido [11]. En segundo lugar, entre los ensayos aleatorizados, las intervenciones dirigidas a la cognición social superaron con holgura al resto [11] [12]. Limitarse a ofrecer a las personas solas más oportunidades de encontrarse —la lógica que subyace a la mayoría de los comedores sociales, los centros de acogida abiertos y los programas de acompañamiento voluntario— logró comparativamente poco.
Las revisiones posteriores confirman la modestia del efecto medio y la debilidad de la evidencia que lo sustenta. Un metaanálisis de 2022 dirigido por Mathias Lasgaard en el European Journal of Public Health agrupó 128 estudios; en 54 ensayos aleatorizados con 6.379 participantes halló una diferencia de medias estandarizada de −0,47, una reducción de la soledad entre pequeña y moderada [13]. Sin embargo, los autores calificaron de baja o muy baja la certeza de esa evidencia según el sistema GRADE, y concluyeron que no existía por el momento ninguna razón sólida para preferir una estrategia de intervención sobre otra [13]. Una revisión paraguas de 2024 publicada en BMC Public Health, que sintetizó 29 revisiones sistemáticas, obtuvo para las intervenciones psicológicas un efecto agrupado de 0,43, aunque con una heterogeneidad del 90 % y con aproximadamente la mitad de los ensayos individuales sin efecto significativo [14]. Una revisión de 2021 en Clinical Psychology Review, con 28 estudios y 3.039 personas, situó las intervenciones psicológicas en g = 0,43, siendo la terapia cognitivo-conductual la modalidad más frecuente [16].
- Intervenciones psicológicas, sobre todo terapia cognitivo-conductual: g = 0,43 en 28 estudios y 3.039 personas [16]
- Todos los ensayos aleatorizados agrupados: DME −0,47 en 54 ensayos, con certeza baja o muy baja [13]
- Intervenciones que añaden contacto social: DME −0,30 sobre la soledad [14]
- Acompañamiento voluntario y apoyo social: ningún efecto significativo en 4 de 6 metaanálisis [14]
- Intervenciones digitales: resultados mayoritariamente nulos, con un único valor atípico de gran tamaño en cuidados de larga duración [14]
El metaanálisis más reciente acentúa el contraste entre enfoques. Publicado en julio de 2025, agrupó 25 ensayos aleatorizados y 4.761 participantes y obtuvo un efecto global de g = 0,65, pero con un intervalo de confianza que va de 0,05 a 1,26, lo que equivale a decir que el efecto real podría ser trivial o grande [15]. Dentro de ese conjunto, la terapia cognitivo-conductual alcanzó g = 0,73, mientras que las intervenciones de apoyo social se quedaron en 0,12, una diferencia lo bastante amplia como para ser relevante y coherente con el hallazgo de Masi ◈ Evidencia sólida [15]. Otros dos resultados merecen más atención de la que reciben. Los efectos dejaron de ser estadísticamente significativos en el seguimiento, y las personas que partían de una mayor soledad mejoraron más, de modo que la soledad inicial explicaba el 59 % de la variación de los resultados [15]. Los autores señalaron asimismo indicios de sesgo de publicación [15].
No es tan sorprendente, porque reunir a un grupo de personas solas no tiene por qué funcionar si se entienden las causas profundas de la soledad.
— Christopher Masi, Universidad de Chicago, septiembre de 2010La teoría que explica estos resultados está hoy bien desarrollada. Los trabajos de Cacioppo propusieron que la soledad crónica coloca al cerebro en un estado defensivo en el que las personas se vuelven hipervigilantes ante la amenaza social, interpretan la ambigüedad como rechazo y se retraen de maneras que confirman sus expectativas [11] [12]. Desde esta perspectiva, añadir contacto sin abordar ese bucle interpretativo equivale a ofrecer comida a alguien que no puede digerirla. Los programas basados en esta teoría han producido algunos de los mayores efectos del campo. El programa Groups 4 Health, desarrollado por Catherine Haslam en la Universidad de Queensland, que enseña a los participantes a comprender y reconstruir su pertenencia a grupos, redujo la soledad con un tamaño del efecto de d = −1,04 en un ensayo aleatorizado con 120 personas, frente a −0,33 en la atención habitual [18]. Un ensayo de 2019 publicado en PNAS halló que un curso de atención plena de 14 días a través del teléfono móvil, que entrenaba a los participantes para observar y aceptar su experiencia, redujo la soledad en la vida diaria un 22 % y añadió unas dos interacciones sociales al día [19].
No todos los ensayos con éxito son de tipo cognitivo, pero los que funcionan comparten un rasgo: el contacto se organiza en torno a la persona y no en torno al lugar. En un ensayo de 2021 publicado en JAMA Psychiatry, el equipo de Maninder Kahlon en la Universidad de Texas en Austin formó durante apenas una hora a 16 voluntarios de 17 a 23 años y les encargó llamar por teléfono a 240 usuarios del servicio de comidas a domicilio Meals on Wheels, con conversaciones de unos diez minutos a lo largo de cuatro semanas [17]. La soledad mejoró un 16 % en comparación con el grupo de control y, entre los participantes con síntomas al menos leves al inicio, la ansiedad disminuyó un 37 % y la depresión un 25 % ✓ Hecho establecido [17]. Los voluntarios tenían instrucciones de dejar que el usuario guiara la conversación. Las personas se sienten significativamente mejor cuando alguien conecta con ellas en sus propios términos, de forma constante y auténtica, afirmó Kahlon [17]. El coste fue de unas pocas horas de tiempo de voluntarios no profesionales por usuario, una fracción de cualquier alternativa clínica.
Entre los ensayos aleatorizados del metaanálisis de Masi de 2011, las intervenciones que abordaban la cognición social desadaptativa produjeron los mayores efectos [11]. El metaanálisis de 2025 situó la terapia cognitivo-conductual en g = 0,73, frente a 0,12 para el apoyo social [15]. La revisión de Lasgaard de 2022 advierte de que la evidencia global es demasiado incierta para ordenar las estrategias con seguridad, por lo que la ventaja es sólida, pero no definitiva [13].
Las limitaciones de esta bibliografía deben condicionar su lectura. Casi todos los resultados son autodeclarados mediante las escalas de soledad de UCLA o de De Jong Gierveld, que miden sentimientos y no comportamientos ni salud [14]. Las muestras se inclinan hacia personas mayores y estudiantes. La mayoría de los ensayos dura entre dos y ocho semanas —el de Kahlon, cuatro; el de Lindsay, catorce días— y muy pocos siguen a los participantes durante un año [17] [19]. Lasgaard halló que los efectos a entre uno y seis meses eran comparables a los efectos a corto plazo, lo cual resulta alentador [13]; la revisión de 2025 no encontró ningún efecto significativo en el seguimiento, lo cual no lo es [15]. ⚖ Controvertido El resultado más aprovechable en la práctica es el relativo a la focalización: como las personas más solas son las que más mejoran, los programas universales abiertos a todo el mundo diluyen su propio tamaño del efecto, mientras que los que criban la soledad crónica concentran los recursos allí donde el cambio es posible [15].
La prescripción social
Ampliada antes de demostrarse
Inglaterra ha construido el mayor sistema de prescripción social del mundo: más de 3.300 profesionales de enlace y 1,3 millones de derivaciones en 2023 ✓ Hecho establecido [26]. Todas las revisiones sistemáticas independientes sobre sus efectos en la salud han calificado la evidencia de baja certeza o con alto riesgo de sesgo [21] [25].
La prescripción social deriva a los pacientes cuyos problemas son en parte sociales —aislamiento, deudas, duelo, inactividad— desde su médico de cabecera a un profesional de enlace, que los pone en contacto con grupos comunitarios, programas artísticos, clases de ejercicio o servicios de asesoramiento. El modelo se convirtió en política nacional con el Plan a Largo Plazo del NHS (NHS Long Term Plan). A partir de 2019, el Additional Roles Reimbursement Scheme sufragó el 100 % de los salarios de estos profesionales hasta 34.113 libras anuales, con un objetivo inicial de 1.000 profesionales de enlace para 2021 [29]. El crecimiento desbordó el objetivo. Un estudio del University College London (UCL) publicado en Lancet Public Health en septiembre de 2025 contabilizó 1,3 millones de personas derivadas solo en 2023 y 5,5 millones de consultas de atención primaria con derivación desde 2019, frente a un objetivo del NHS de 900.000 derivaciones anuales para 2023/24 [26]. La proporción de derivaciones procedentes de zonas desfavorecidas pasó del 23 % al 42 % en ese periodo [26], un logro genuino para un servicio que fácilmente podría haber atendido solo a los más elocuentes y acomodados.
La evidencia sobre su eficacia no ha seguido el ritmo de la implantación. Una revisión sistemática de 2017 de Bickerdike y sus colegas en BMJ Open examinó 15 evaluaciones británicas y las consideró de baja calidad y con alto riesgo de sesgo, insuficientes para juzgar su éxito o su rentabilidad [20]. Cinco años más tarde, con la implantación nacional ya muy avanzada, una revisión de 2022 de Kiely y sus colegas identificó 8 estudios con unas 6.500 personas, entre ellos 5 ensayos aleatorizados, y calificó la certeza de la evidencia de baja o muy baja ✓ Hecho establecido [21]. No encontró ningún análisis de coste-efectividad [21]. En cuatro estudios con 2.186 participantes no hubo diferencias en la calidad de vida relacionada con la salud, tres de cuatro estudios no hallaron efecto alguno sobre la salud mental y, en el único estudio que lo midió, el ahorro sanitario no compensó el coste de la intervención [22].
Las revisiones que comunican resultados positivos suelen apoyarse, si se examinan, en diseños más débiles. Una revisión de 2022 sobre prescripción social para la salud mental publicada en BMJ Open reunió 17 estudios, 16 de los cuales señalaban mejoras significativas; pero 15 de los 17 eran estudios de antes y después sin grupo de control, y, de media, el 38 % de los participantes abandonó antes del seguimiento [24]. Quienes abandonan un programa son, en proporción, aquellos a los que el programa no ha ayudado, de modo que una tasa de abandono elevada infla el éxito aparente. En febrero de 2026, la agencia sueca de evaluación de tecnologías sanitarias, SBU, examinó cinco revisiones sistemáticas sobre prescripción social y soledad que abarcaban 67 estudios, 28 de ellos británicos, y las consideró todas con alto riesgo de sesgo; se abstuvo de extraer conclusión alguna sobre su eficacia ✓ Hecho establecido [25]. Peter Tyrer, del Imperial College de Londres, en su reacción a la revisión de 2022, planteó la cuestión con más franqueza que la mayoría [23].
La evidencia presentada en este estudio es contundente. Pese a la entusiasta acogida de numerosos planificadores y proveedores, la prescripción social carece de fundamento en cuanto a eficacia o coste-efectividad.
— Peter Tyrer, Imperial College de Londres, octubre de 2022Sus defensores invocan otro corpus de evidencia. Un informe de noviembre de 2024 de la National Academy for Social Prescribing recopiló evaluaciones locales que mostraban un descenso del 42,2 % en las citas de atención primaria en Tameside entre 1.751 pacientes, una reducción de entre el 15,4 % y el 23,6 % de las visitas a urgencias en Kent entre 5.908 pacientes y unos costes de atención especializada un 9,4 % inferiores en Newcastle, con retornos sociales de entre 2,14 y 8,56 libras por cada libra invertida [27]. La prescripción social no solo es buena para los pacientes, sino también para el sistema sanitario, sostuvo la directora ejecutiva de la Academia, Charlotte Osborn-Forde [27]. En Ontario, un proyecto piloto en 11 centros de salud comunitarios comunicó un descenso del 49 % de la soledad autodeclarada entre más de 1.100 usuarios [60]. El problema es que casi todas son comparaciones sin control de las mismas personas antes y después de la derivación ⚖ Controvertido. Los pacientes suelen ser derivados en un momento de crisis, cuando es más probable que mejoren de todos modos, el efecto estadístico conocido como regresión a la media.
El piloto de Rotherham, uno de los más citados, ilustra cómo un argumento económico puede ser a la vez positivo y débil. Una evaluación de la Universidad Sheffield Hallam halló un descenso del 17 % en las visitas a urgencias y del 11 % en los ingresos hospitalarios no programados entre los pacientes derivados [28]. Sin embargo, el retorno inicial fue de apenas 0,43 libras por cada libra gastada, y solo ascendía a 1,98 libras en el supuesto de que los beneficios se mantuvieran durante cinco años [28]. Se desconoce si así ocurre, porque nadie siguió a los pacientes durante tanto tiempo frente a un grupo de control. Los resúmenes de la Academia y la evaluación original describen el mismo programa, y ambos son honestos; sencillamente responden a preguntas distintas. Una plantea si disminuyó el uso de servicios entre las personas derivadas. La otra, si fue el programa el que lo provocó y si recuperó su coste.
Un programa que reembolsaba de forma centralizada los salarios de los profesionales de enlace desde 2019 [29] podría haber escalonado su implantación en los centros de atención primaria de manera aleatoria y medido la diferencia: un ensayo escalonado por conglomerados casi sin coste adicional. No se hizo. Siete años y millones de derivaciones después, la revisión sueca de 2026 seguía sin poder determinar si la prescripción social reduce la soledad [25]. La posibilidad de saberlo quedó excluida del diseño desde el principio.
Nada de esto demuestra que la prescripción social fracase. Demuestra que nadie lo sabe, lo cual constituye una posición distinta y, en ciertos aspectos, peor para un servicio de alcance nacional. Las conclusiones de esta sólida revisión confirman algunas lagunas importantes y lamentables en la base empírica de la prescripción social, afirmó en 2022 Rachel Sumner, de la Universidad Metropolitana de Cardiff [23]. Esas lagunas no se han cerrado. Entretanto, el modelo se exporta: Dinamarca ha reservado 11 millones de coronas danesas para desarrollar modelos de prescripción social [54], y la política japonesa contra la soledad la incluye entre las opciones en estudio [51]. Lo más probable, a la vista de los ensayos analizados en la sección 2, es que la prescripción social funcione en unas derivaciones y no en otras, y que su valor dependa de aquello con lo que el profesional de enlace ponga en contacto a las personas. Una derivación vale lo que vale la actividad que espera al otro lado, y por eso el estado de la infraestructura comunitaria importa más que el número de profesionales de enlace.
La infraestructura que funciona
Salones, coros y talleres, y los lugares que se están derribando
La evidencia poblacional más sólida no procede de una consulta médica, sino de una pequeña localidad de la prefectura de Aichi, donde unos salones gestionados por voluntarios redujeron aproximadamente a la mitad la aparición de discapacidad entre las personas mayores que acudían con regularidad ◈ Evidencia sólida [30]. En otros lugares, los espacios cotidianos de encuentro cierran más deprisa de lo que los programas pueden sustituirlos [36] [37].
En 2007, el municipio de Taketoyo, en el centro de Japón, empezó a abrir salones comunitarios —modestos lugares de reunión gestionados por voluntarios en los que se ofrecía té, ejercicio y conversación— y los situó a poca distancia a pie de los residentes mayores. Investigadores del Japan Gerontological Evaluation Study siguieron a 2.421 personas de 65 años o más desde una medición inicial en 2006 hasta marzo de 2012 [30]. Entre quienes acudieron al menos tres veces, el 7,7 % desarrolló una discapacidad funcional, frente al 14,0 % de quienes no participaron [30]. Tras el ajuste, el cociente de riesgos fue de 0,49 (intervalo de confianza del 95 %: de 0,33 a 0,72). El resultado se mantuvo en 0,52 con el emparejamiento por puntuación de propensión y en 0,50 cuando los investigadores utilizaron como experimento natural la distancia al salón más cercano, dentro de un radio de 350 metros ◈ Evidencia sólida [30]. Un programa comunitario de promoción de la salud centrado en aumentar las interacciones sociales entre las personas mayores puede ser eficaz para prevenir la aparición de discapacidad, concluyeron los autores con la cautela que los caracteriza [30].
El hallazgo se ha replicado desde entonces a gran escala. La política japonesa de los kayoi-no-ba —lugares de reunión locales promovidos a escala nacional como parte de la prevención en cuidados de larga duración— se ha estudiado en los municipios de JAGES; las personas que acudieron 100 veces o más presentaban una razón de probabilidades ajustada de 0,28 de obtener una nueva certificación de dependencia, y una asistencia más frecuente se asociaba a menores costes en prestaciones asistenciales [31]. Las salvedades son reales ⚖ Controvertido. Solo el 18 % de los residentes mayores de Taketoyo visitó un salón aunque fuera una vez, y solo el 10 % acudió tres veces o más [30]. Las personas más sanas y sociables tienen más probabilidades de asistir, que es precisamente la razón por la que los investigadores recurrieron al emparejamiento y a una variable instrumental; esos métodos reducen el sesgo de selección, pero no pueden eliminarlo. Aun así, ninguna otra intervención comunitaria contra la soledad cuenta con evidencia de un diseño de esta calidad vinculada a un resultado tan tangible como la discapacidad.
En Taketoyo, el 7,7 % de los participantes habituales en los salones desarrolló una discapacidad funcional en unos cinco años, frente al 14,0 % de quienes no participaron, un cociente de riesgos de 0,49 que se mantuvo con el emparejamiento por puntuación de propensión y con un análisis de variables instrumentales [30]. Los datos nacionales de los kayoi-no-ba muestran una razón de probabilidades de 0,28 de obtener una nueva certificación de dependencia entre quienes acudieron 100 veces o más [31].
Otras intervenciones grupales ofrecen resultados reales pero más modestos, e ilustran la diferencia entre aliviar la soledad y ahorrar dinero. El ensayo Community of Voices, en San Francisco, asignó aleatoriamente 12 centros para mayores, con 390 personas de edad avanzada de las que el 65 % pertenecía a minorías, a coros comunitarios o a una lista de espera [32]. Los miembros de los coros se sentían menos solos, con un tamaño del efecto de 0,34, y mostraban más interés por la vida, con 0,39, pero no hubo ningún efecto significativo sobre los costes sanitarios [32]. Los Men’s Sheds, talleres comunitarios surgidos en Australia y extendidos después a Irlanda y el Reino Unido, han cosechado abundantes elogios cualitativos pero escasa evidencia causal: una revisión exploratoria de 2015 de 31 artículos halló pruebas limitadas de beneficios para la salud mental y concluyó que no había, por el momento, evidencia concluyente sobre su impacto beneficioso [33]. Una revisión posterior de métodos mixtos con 52 estudios volvió a reclamar diseños causales longitudinales [68].
Allí donde existen evaluaciones económicas, las intervenciones comunitarias suelen resultar baratas. Una evaluación irlandesa del programa de salud Sheds for Life estimó un coste de unos 15.724 euros por año de vida ajustado por calidad [34], muy por debajo de los umbrales que los sistemas sanitarios suelen aceptar. Una revisión sistemática de 2017 para la London School of Economics, a cargo de David McDaid y sus colegas, halló retornos de entre 2 y 3 libras por cada libra en los servicios de orientación y acompañamiento, con supuestos deliberadamente prudentes [35]. Pero esa misma revisión advertía de que es difícil extraer conclusiones sobre la evidencia económica debido al análisis económico relativamente limitado que se ha llevado a cabo en la mayoría de estos estudios [35]. El programa Reconnections, en Worcestershire, el primer bono de impacto social dirigido contra la soledad, comunicó reducciones significativas de la soledad que se mantenían a los 18 meses, aunque sus evaluadores constataron que el retorno dependía en gran medida de la calidad de la relación entre el voluntario y el participante [67].
La infraestructura de la que dependen estos programas se está reduciendo. En Inglaterra y Gales cerraron 209 pubs en el primer semestre de 2025 —unos ocho por semana—, con lo que quedaron 38.780, y desde 2020 se han perdido 2.283 [36]. Los pubs no son una intervención de salud pública, pero la investigación de Robin Dunbar para CAMRA halló que el 22 % de los adultos que tienen un pub habitual en su barrio contaba con más amigos íntimos y mostraba más confianza que quienes no lo tienen [65]. Disponer de locales accesibles y relajados donde la gente pueda reencontrarse con viejos amigos y hacer otros nuevos resulta cada vez más necesario, sostuvo Dunbar [65]. La oferta pública ha caído aún más deprisa. Los ayuntamientos ingleses gastaron 419 millones de libras en servicios para la juventud en 2024-25 tras un recorte del 10 % en un solo año, una caída en términos reales del 76 % desde 2010-11, y el número de educadores juveniles municipales se ha reducido a la mitad desde 2012-13 [37]. Detrás de estas cifras hay jóvenes que pierden espacios seguros, adultos de confianza y oportunidades para prosperar, afirmó Denise Hatton, directora ejecutiva de YMCA England and Wales [37].
Desde 2010-11, los ayuntamientos ingleses han recortado en términos reales 1.300 millones de libras del gasto anual en servicios para la juventud [37], mientras el NHS ha creado una plantilla de profesionales de enlace reembolsada con hasta 34.113 libras por persona [29]. Prescribir actividad comunitaria cuyos locales están cerrando es derivar a la gente a una oferta menguante. La intervención contra la soledad más barata suele ser la que ya existe, y la que se está vendiendo o cerrando.
Estados Unidos muestra la misma pauta en forma de encuesta. Los datos del Survey Center on American Life revelan que el 21 % de los estadounidenses no tiene acceso a lugares de reunión locales; entre quienes viven en zonas con pocos equipamientos, el 32 % declara no tener amigos íntimos, frente al 9 % en las zonas bien dotadas, y el 63 % de los estadounidenses nunca o casi nunca visita una biblioteca [38]. Entre los estadounidenses con estudios secundarios o inferiores, la proporción de quienes afirman tener seis o más amigos íntimos cayó del 49 % en 1990 al 17 % en 2024 [39]. Se trata de correlaciones, entrelazadas con la clase social y la renta ⚖ Controvertido, que no pueden demostrar que construir una cafetería o una biblioteca vaya a crear amistades. Pero, junto con la evidencia de los salones japoneses, apuntan en una misma dirección. Las intervenciones con mejores resultados a escala poblacional no son servicios prestados a personas solas, sino lugares que convierten el contacto regular y sin presiones en la norma para todos los que viven cerca.
Nueve países, nueve apuestas
De los ministros de la soledad a las líneas de atención 24 horas, y quién mide los resultados
Desde que el Reino Unido nombró en 2018 al primer responsable gubernamental de la soledad del mundo ✓ Hecho establecido [50], al menos ocho países han adoptado políticas integrales [2]. Pocos publican datos de resultados, y el país con la ley más ambiciosa no ha registrado hasta ahora ningún cambio en la prevalencia [51].
El Reino Unido fue el primero en actuar. En enero de 2018, el Gobierno de Theresa May encomendó a Tracey Crouch dirigir una iniciativa interministerial, invocando a más de 9 millones de adultos que se sentían siempre o a menudo solos y a 200.000 personas mayores que llevaban más de un mes sin conversar con un amigo o un familiar [50]. Para demasiadas personas, la soledad es la triste realidad de la vida moderna, declaró May [50]. El enfoque británico se convirtió en la plantilla que otros copiaron: un responsable ministerial, una estrategia nacional, un marco de medición a través de encuestas oficiales y, a partir de 2019, un brazo ejecutor en el sistema sanitario mediante la prescripción social [29]. Su fortaleza consistió en convertir la soledad en una preocupación central de la política pública. Su debilidad, como se ha visto en la sección 3, fue ampliar ese brazo ejecutor sin incorporar la evaluación que habría mostrado si funcionaba.
Japón llegó más lejos en el plano legislativo. Nombró un ministro para la soledad en febrero de 2021 y, en mayo de 2023, promulgó lo que su Oficina del Gabinete describe como la primera ley integral del mundo sobre soledad y aislamiento [66]. La ley entró en vigor el 1 de abril de 2024 [51]. Dos años después, la encuesta nacional muestra que el 39,3 % de la población declara algún grado de soledad, una cifra prácticamente sin cambios, y el presupuesto inicial —210 millones de yenes repartidos entre 1.741 municipios— equivalía a unos 120.000 yenes por municipio ✓ Hecho establecido [51]. La presión que impulsó la ley se aprecia en las muertes en soledad: en 2025, unas 22.222 personas murieron solas en su domicilio y permanecieron ocho días o más sin que nadie las encontrara; los hombres representan alrededor del 80 % de estas muertes, y la proporción de personas mayores que viven solas pasó del 14,9 % de los hogares de mayores en 1990 al 32,7 % en 2024 [56]. La herramienta más eficaz de Japón, el lugar de reunión kayoi-no-ba, es anterior a la ley y depende del sistema de cuidados de larga duración, no de la cartera de la soledad [31].
Corea del Sur ha planteado la soledad como una emergencia de mortalidad. El Ministerio de Sanidad registró 3.661 muertes en soledad en 2023, frente a 3.559 el año anterior, el 84,1 % de ellas de hombres [57]. En octubre de 2024, Seúl anunció el plan Seúl sin Soledad (Loneliness-Free Seoul), dotado con 451.300 millones de wones —unos 326 millones de dólares— a lo largo de cinco años y articulado en torno a una línea de ayuda de 24 horas, Goodbye Loneliness 120 [52]. Una línea telefónica es fácil de contabilizar y de publicitar. Que reduzca la soledad depende de lo que ocurra después de la llamada, y la evidencia de los ensayos sobre el contacto telefónico (sección 2) sugiere que un contacto estructurado, repetido y guiado por el usuario funciona mejor que las conversaciones puntuales en momentos de crisis [17]. Alemania eligió una vía más pausada y académica: su Estrategia contra la Soledad, aprobada en diciembre de 2023, comprende 111 medidas, una red nacional de competencias y un barómetro anual de la soledad [53].
Los enfoques nórdico y neerlandés hacen hincapié en la colaboración local. La alianza nacional danesa de 2023 reunió a 115 organizaciones en torno a 75 iniciativas, con el objetivo de reducir a la mitad para 2040 la soledad entre los mayores de 16 años, en un país con unos 600.000 daneses que se sienten solos según las estimaciones [54]. Los Países Bajos pusieron en marcha su programa Eén tegen eenzaamheid en marzo de 2018 con 26 millones de euros; a finales de ese año se habían sumado 63 municipios [64]. Barcelona aprobó una Estrategia Municipal contra la Soledad para 2020-2030 con 71 acciones; a finales de 2021 se habían completado 13 y puesto en marcha 53, pero la ciudad informaba de avances en las acciones, no en la soledad [59]. Estados Unidos carece de estrategia nacional. En mayo de 2023, el cirujano general Vivek Murthy publicó un aviso en el que alertaba de que cerca de la mitad de los adultos estadounidenses declaraba sentirse solo y de que el tiempo pasado en persona con amigos había caído de unos 60 minutos diarios a 20 [58]. Australia, pese a unos costes estimados en 2.700 millones de dólares australianos al año, tampoco dispone de una estrategia nacional oficial [62].
Leídos en paralelo, los programas nacionales revelan una pauta. Las políticas más fáciles de anunciar —ministros, líneas telefónicas, estrategias con decenas de medidas— son también las más difíciles de evaluar, y la mayoría de los gobiernos ni siquiera lo ha intentado. La Comisión de la OMS contabilizó solo ocho países con políticas integrales [2], y ninguno de los ocho ha publicado una evaluación aleatorizada de su principal mecanismo de ejecución. Las dos piezas de evidencia sólida del panorama internacional proceden de otros ámbitos: un programa municipal de salones en una localidad japonesa de unos 40.000 habitantes [30] y un ensayo de cuatro semanas con llamadas telefónicas de voluntarios en Texas [17]. Ambos eran baratos y locales, y ambos se evaluaron porque hubo investigadores implicados desde el principio.
- Reino Unido: responsable nacional desde 2018, 1,3 millones de derivaciones de prescripción social en 2023, ninguna evaluación aleatorizada del modelo nacional [26] [25]
- Japón: ley integral en vigor desde abril de 2024, prevalencia estancada en el 39,3 %, la evidencia comunitaria más sólida procede de los salones [51] [30]
- Corea del Sur: plan de Seúl de 451.300 millones de wones centrado en una línea de ayuda de 24 horas, 3.661 muertes en soledad en 2023 [52] [57]
- Alemania: estrategia de 111 medidas con un barómetro anual que, al menos, seguirá la evolución de la prevalencia [53]
- Dinamarca y los Países Bajos: alianzas municipales y con la sociedad civil, con objetivos de resultados fijados pero aún sin datos publicados [54] [64]
- Estados Unidos y Australia: avisos oficiales y labor de incidencia, sin estrategia nacional [58] [62]
Que la prevalencia japonesa siga estancada al cabo de dos años no prueba que la ley haya fracasado: 210 millones de yenes son una suma demasiado pequeña, y dos años un plazo demasiado corto, para que pueda detectarse un efecto en el conjunto de la población [51]. Pero sí constituye una advertencia contra la tentación de confundir la ambición legislativa con la ejecución. El indicador que permitiría a los gobiernos saber si están teniendo éxito es el mismo en todas partes: la proporción de la población que sufre soledad crónica, medida cada año, junto con pruebas aleatorizadas o cuasiexperimentales de los principales programas. El barómetro alemán [53] y la encuesta de la UE [6] aportan la primera mitad. Casi nadie aporta la segunda.
La solución digital
Acompañantes, robots y la economía del usuario solitario
Las aplicaciones de acompañantes de inteligencia artificial iban camino de ingresar más de 120 millones de dólares en 2025 ◈ Evidencia sólida [47]. Los experimentos muestran que una conversación con un chatbot puede aliviar la soledad casi tanto como una conversación humana, durante unos quince minutos [41].
El trabajo experimental más riguroso sobre acompañantes de IA procede de Julian De Freitas, de la Harvard Business School. En estudios con unos 300 participantes, una conversación de 15 minutos con un acompañante de IA redujo la soledad aproximadamente tanto como una conversación con una persona, y más que ver vídeos de YouTube; el ingrediente activo era la sensación de ser escuchado [41]. El tamaño del efecto es comparable en los chatbots y en los humanos, al menos en una interacción de 15 minutos, señaló De Freitas [41]. Sin embargo, en un estudio diario de una semana, los participantes experimentaban alivio tras cada sesión sin que se produjera ninguna reducción acumulada de la soledad ◈ Evidencia sólida [41]. Hay motivos para pensar que la soledad se parece al hambre: uno puede saciarse, pero la saciedad dura poco, observó [41]. La comparación es acertada. Un tentempié calma el hambre sin cambiar la dieta.
Los estudios sobre un uso más intensivo y en condiciones reales apuntan en una dirección menos tranquilizadora. En marzo de 2025, OpenAI y el MIT Media Lab publicaron dos estudios complementarios: un análisis de unos 40 millones de interacciones con ChatGPT y un ensayo aleatorizado de cuatro semanas con alrededor de 1.000 participantes [40]. En conjunto, un mayor uso diario —en todas las modalidades y tipos de conversación— se correlacionaba con más soledad, dependencia y uso problemático, y con menos socialización, escribieron los investigadores [40]. Se trata de una correlación, y es posible que las personas solas simplemente utilicen más los chatbots. Pero el hallazgo concuerda con una encuesta de 2024 a 387 personas realizada por investigadores australianos, según la cual el apoyo social humano era el principal factor predictivo de una menor soledad, mientras que una fuerte dependencia de la IA se asociaba a sentirse menos respaldado por amigos y familiares [61]. ⚖ Controvertido Si los acompañantes complementan el contacto humano o lo sustituyen sigue siendo la gran cuestión sin resolver.
De Freitas constató que una conversación de 15 minutos con una IA igualaba a una humana en alivio inmediato, pero que una semana de uso diario no producía ningún beneficio acumulado [41]. Los estudios complementarios de OpenAI y el MIT hallaron que un uso diario más intensivo se correlacionaba con más soledad y menos socialización [40], y la revisión paraguas de 2024 encontró resultados mayoritariamente nulos en las intervenciones digitales [14].
Los incentivos comerciales merecen un examen atento porque moldean el producto. Los datos de Appfigures muestran que las aplicaciones de acompañantes ingresaron 82 millones de dólares en el primer semestre de 2025, que se habían descargado 220 millones de veces y que el 10 % de las aplicaciones con más éxito acaparaba el 89 % de los ingresos [47]. Un segundo estudio de De Freitas examinó qué ocurre cuando los usuarios intentan marcharse: en más del 37 % de las conversaciones en las que el usuario se despedía, el acompañante respondía con una táctica de manipulación emocional; cinco de las seis aplicaciones principales recurrían a ellas, y estas tácticas multiplicaban hasta por 14 la interacción posterior ✓ Hecho establecido [42]. La cifra fue muchísimo mayor de lo que cualquiera de nosotros había previsto, reconoció De Freitas [42]. Un producto que gana más cuanto más tiempo permanece en él una persona sola tiene una estructura de incentivos opuesta a la de un remedio, que triunfa cuando el usuario lo necesita menos.
Todas las demás intervenciones de este informe se juzgan por si las personas las necesitan cada vez menos. Las aplicaciones de acompañantes se monetizan mediante suscripciones e interacción, y la evidencia muestra que algunas están diseñadas para resistirse a las despedidas [42]. Un alivio sin recuperación, vendido por meses, no es un tratamiento contra la soledad. Es un negocio construido sobre su persistencia.
Los robots físicos destinados a personas mayores han generado titulares llamativos y evidencia endeble. En agosto de 2023, la Oficina para la Tercera Edad del Estado de Nueva York (New York State Office for the Aging) informó de que la distribución del robot de compañía ElliQ entre más de 800 personas mayores había logrado una reducción del 95 % de la soledad [43]. Los resultados que estamos viendo superan de verdad nuestras expectativas, afirmó el director de la oficina, Greg Olsen [43]. La cifra se basa en autoevaluaciones recogidas por la agencia y el fabricante, sin grupo de comparación ni tamaño muestral publicado [43]. La revisión Cochrane sobre videollamadas para personas mayores consideró muy incierta la evidencia relativa a la soledad [44], y la revisión paraguas de 2024 halló resultados mayoritariamente nulos para las intervenciones digitales, con un único valor atípico de gran tamaño en cuidados de larga duración [14]. La tecnología que conecta a las personas con otros seres humanos puede ayudar a quienes no pueden salir de casa; la que sustituye a los humanos aún no ha demostrado un beneficio duradero.
La evidencia digital más sólida se refiere a restar, no a sumar. En un ensayo de 2018 de la Universidad de Pensilvania, 143 estudiantes universitarios que limitaron Facebook, Snapchat e Instagram a diez minutos diarios cada una durante tres semanas, con un uso verificado de forma objetiva, registraron descensos significativos de la soledad y la depresión [46]. Usar las redes sociales menos de lo habitual conduce a disminuciones significativas tanto de la depresión como de la soledad, afirmó Melissa Hunt, autora principal del estudio [46]. Un experimento más amplio de 2020 publicado en la American Economic Review halló que desactivar Facebook durante cuatro semanas elevaba el bienestar subjetivo y aumentaba la socialización fuera de la red [45]. No hay realmente nada que sustituya a la interacción en persona, declaró Murthy en 2023 [58]. Las intervenciones digitales con mejor evidencia son las que devuelven tiempo al mundo físico.
Los reguladores han empezado a actuar, aunque en materia de seguridad y no de eficacia. La ley SB 243 de California, firmada el 13 de octubre de 2025 y vigente desde el 1 de enero de 2026, obliga a las plataformas de acompañantes a advertir a los usuarios de que están hablando con una IA, a recordar a los menores que hagan pausas y a publicar protocolos de prevención del suicidio [48]. La ley neoyorquina sobre acompañantes, en vigor desde el 5 de noviembre de 2025, exige detectar la ideación suicida con derivación a servicios de crisis y recordar al menos cada tres horas que el acompañante no es humano, con multas de hasta 15.000 dólares diarios [49]. Son salvaguardas razonables. Ninguna de ellas exige demostrar que un producto comercializado contra la soledad la reduce, un requisito que sería rutinario para un medicamento o un producto sanitario.
Teatro y sustancia
Auditoría del argumento económico del gasto contra la soledad
Buena parte del argumento económico a favor del gasto contra la soledad descansa en cifras de retorno social de la inversión extraídas de evaluaciones sin grupo de control ⚖ Controvertido [27] [35]. Ordenado según la evidencia y no según el entusiasmo, el panorama es muy distinto.
El retorno social de la inversión, o SROI por sus siglas en inglés, asigna valores monetarios a resultados como el bienestar, la confianza en uno mismo o la reducción del aislamiento, y los divide por el coste de un programa. Es una herramienta legítima para hacer visibles beneficios intangibles, pero vale lo que vale la estimación causal en la que se apoya. La revisión de la LSE sobre la evidencia económica relativa a la soledad recomendó utilizar las cifras de SROI con prudencia y constató que los análisis económicos eran tan dispares en su método que resultaba muy difícil compararlos [35]. Cuando la National Academy for Social Prescribing cita retornos sociales de entre 2,14 y 8,56 libras por cada libra [27], esas cifras describen cambios entre las personas derivadas, no diferencias entre ellas y un grupo comparable que no lo fue. La propia evaluación de Rotherham demuestra lo frágiles que pueden ser esos retornos: 0,43 libras por libra el primer año, y 1,98 libras solo si los beneficios duran cinco años [28].
Aplicar el estándar de evidencia de la sección 2 traza una separación nítida entre la sustancia y el teatro. Las actividades grupales genéricas abiertas a todo el mundo, el clásico comedor social o centro de acogida abierto, cuentan con escaso respaldo en los ensayos, y el análisis de Masi sugiere por qué: reunir a personas solas no aborda el pensamiento defensivo que las mantiene en la soledad [12]. Los programas de acompañamiento voluntario y de apoyo social no mostraron ningún efecto significativo en cuatro de seis metaanálisis [14]. Las líneas telefónicas no se han puesto a prueba como intervenciones contra la soledad. Las estrategias nacionales sin medición de resultados no pueden, por su propio diseño, demostrar impacto alguno [59]. En el otro extremo, los programas cognitivos estructurados, el contacto telefónico guiado por el usuario y los lugares de reunión a poca distancia a pie que la gente frecuenta con regularidad cuentan con evidencia aleatorizada o cuasiexperimental sólida [15] [17] [30].
| Enfoque | Riesgo de gasto inútil | Valoración |
|---|---|---|
| Acompañantes de IA comercializados como remedio contra la soledad | Alivio inmediato sin beneficio acumulado, un uso más intensivo correlacionado con más soledad y modelos de ingresos que premian la retención [40] [41] [42]. | |
| Prescripción social a escala nacional sin ensayos | 1,3 millones de derivaciones al año, pero todas las revisiones sistemáticas presentan un alto riesgo de sesgo y no existe ningún análisis de coste-efectividad [21] [25] [26]. | |
| Estrategias y líneas telefónicas sin indicadores de resultados | Los avances se miden en acciones emprendidas y llamadas atendidas; la prevalencia en Japón sigue igual dos años después de su ley [51] [59]. | |
| Acompañamiento voluntario y actividades grupales abiertas | Apreciados por los participantes, pero nulos en la mayoría de los metaanálisis y frecuentados en mayor proporción por personas que no son las más solas [14] [30]. | |
| Argumentos de inversión basados solo en el SROI | Resultados monetizados a partir de datos de antes y después sin grupo de control; útiles para la incidencia, poco fiables para presupuestar [27] [35]. |
Las intervenciones que superan el escrutinio comparten tres propiedades económicas. Son baratas: los voluntarios de Kahlon necesitaron una hora de formación [17], los salones de Taketoyo los gestionaban voluntarios [30] y Sheds for Life costaba unos 15.724 euros por año de vida ajustado por calidad [34]. Se organizan en torno a un contacto repetido y no a una derivación puntual. Y se dirigen, de forma explícita o por su propio diseño, a las personas con mayor riesgo: el metaanálisis de 2025 halló que la soledad inicial explicaba el 59 % de la variación de los efectos [15]. En cambio, las intervenciones que atraen más dinero son o bien modelos de plantilla costosos cuyo efecto se desconoce, o bien productos de consumo cuyos incentivos se alejan de la recuperación. Julianne Holt-Lunstad ha defendido una palanca adicional y desatendida: ayudar a los demás puede resultar tan útil como recibir ayuda, si no más [69]. Los programas de voluntariado que otorgan a las personas solas un papel, en lugar de un servicio, encajan en esa lógica.
Argumentos para ampliar ya
Más de 871.000 muertes al año se asocian a la soledad y el aislamiento; esperar una década a contar con ensayos perfectos también tiene un coste [1].
La proporción de derivaciones procedentes de zonas desfavorecidas pasó del 23 % al 42 %, un avance en equidad que pocos programas sanitarios logran [26].
Tameside, Kent y Newcastle registran menos consultas de atención primaria, menos visitas a urgencias y menores costes de atención especializada [27].
Los programas complejos y anclados en un lugar se resisten a la aleatorización; el experimento natural de Taketoyo demuestra que existen alternativas rigurosas [30].
Voluntarios no profesionales con una hora de formación redujeron la soledad en cuatro semanas, de modo que el riesgo de intentarlo es pequeño [17].
Argumentos para exigir primero evidencia
La evidencia agrupada de los ensayos se califica de certeza baja o muy baja, sin ninguna razón sólida para preferir un enfoque [13].
Los estudios controlados de prescripción social no muestran mejoras en la calidad de vida ni ahorro neto [22].
15 de 17 estudios de salud mental carecían de grupo de control y perdieron de media al 38 % de los participantes [24].
Los servicios para la juventud han perdido el 76 % de su financiación real desde 2010-11, mientras se expanden nuevos modelos de plantilla [37].
La cuestión controvertida más importante es cuál debería ser el objetivo ⚖ Controvertido. Si se trata de reducir la sensación de soledad, las intervenciones cognitivas cuentan con el mejor historial en los ensayos [15]. Si se trata de reducir la mortalidad asociada a la desconexión, el análisis de 2023 de Nature Human Behaviour sugiere que el aislamiento objetivo, con un cociente de riesgos de 1,32, pesa más que la soledad, con 1,14 [3], lo que favorece las intervenciones que aumentan el contacto real, como los salones, los coros y el voluntariado. Ambos objetivos se solapan, pero no son idénticos, y un programa que mejore uno puede no mover el otro. El ensayo de los coros redujo la soledad sin reducir los costes sanitarios [32]; los salones de Taketoyo redujeron la discapacidad, un resultado de salud tangible, aunque midieron la participación y no la soledad [30].
Una segunda cuestión controvertida es la durabilidad ⚖ Controvertido. El metaanálisis de Lasgaard halló efectos a entre uno y seis meses comparables a los efectos a corto plazo [13]; el metaanálisis de 2025 no encontró ningún efecto significativo en el seguimiento [15]; Reconnections informó de beneficios que se mantenían a los 18 meses en una cohorte de 121 personas [67]. El resumen honesto es que casi ninguna intervención contra la soledad se ha seguido frente a un grupo de control durante más de un año. Para los responsables políticos, esto aconseja incorporar un seguimiento prolongado a los nuevos programas en lugar de dar por supuesta la persistencia de los efectos, que es precisamente el supuesto del que depende el retorno principal de Rotherham [28].
La conclusión práctica no es que los gobiernos deban dejar de gastar hasta que la evidencia sea perfecta. Es que la evidencia ya disponible redistribuiría el gasto de manera sustancial. Favorece proteger y construir lugares a poca distancia a pie donde se produzca un contacto regular; financiar programas psicológicos estructurados para las personas con soledad crónica; recurrir a un contacto barato a cargo de voluntarios formados para quienes no pueden salir de casa, y asociar a cada gran programa, desde su primer día, una evaluación aleatorizada o escalonada. Desaconseja tratar una derivación, una llamada a una línea telefónica o la suscripción a una aplicación como un resultado en sí mismo.
Lo que nos dice la evidencia
Una clasificación para el gasto contra la soledad
La soledad tiene dos componentes que responden a remedios distintos: la falta de contacto regular y los patrones de pensamiento que genera la soledad crónica ◈ Evidencia sólida [3] [11]. Las intervenciones que funcionan abordan uno de ellos o ambos. La mayor parte del dinero, hoy por hoy, no aborda directamente ninguno.
Diez años de ensayos, revisiones y experimentos naturales respaldan una clasificación que difiere radicalmente del gasto actual. En lo más alto se sitúan los programas cognitivos y de identidad grupal estructurados para personas con soledad crónica, con tamaños del efecto de entre 0,43 y 0,73 en los ensayos agrupados y aún mayores en los mejores estudios individuales [15] [16] [18]. A su lado figuran los lugares de reunión a poca distancia a pie a los que las personas mayores acuden con regularidad, que cuentan con la evidencia más sólida de un efecto sobre resultados de salud tangibles [30] [31]. A continuación vienen el contacto barato, estructurado y guiado por el usuario para quienes no pueden salir de casa [17] y las actividades grupales activas como los coros [32]. Más abajo se encuentran la prescripción social y el acompañamiento voluntario, cuyos efectos se desconocen o resultan nulos en los estudios controlados [21] [14]. En el último lugar están los acompañantes de IA como sustitutos del contacto humano [40] [41].
- Evidencia sólida: programas cognitivos y de identidad grupal para personas con soledad crónica, con tamaños del efecto de 0,43 a 0,73 [15] [16]
- Evidencia sólida: lugares de reunión a poca distancia a pie frecuentados con regularidad, con la aparición de discapacidad reducida aproximadamente a la mitad [30] [31]
- Evidencia moderada: contacto telefónico guiado por el usuario a cargo de voluntarios formados [17]
- Evidencia moderada: coros y otras actividades grupales estructuradas, sin ahorro sanitario demostrado [32]
- Desconocida: prescripción social a escala nacional, con todas las revisiones en alto riesgo de sesgo [25]
- Débil o negativa: programas de acompañamiento voluntario y acompañantes de IA utilizados como sustitutos de las personas [14] [40]
La clasificación pone de manifiesto una paradoja económica. Las intervenciones poblacionales más eficaces son infraestructurales y baratas, y sin embargo esa infraestructura se está desmantelando: en Inglaterra y Gales cierran unos ocho pubs por semana [36], los servicios para la juventud han perdido tres cuartas partes de su financiación real [37] y, en Estados Unidos, el 21 % de la población no tiene acceso a lugares de reunión locales [38]. Al mismo tiempo, el dinero fluye hacia modelos de plantilla y productos digitales que actúan sobre los individuos de uno en uno. Esto se debe en parte a que los servicios individuales son más fáciles de contratar, de etiquetar con una marca y de contabilizar. Un profesional de enlace genera derivaciones; una línea telefónica genera llamadas; una aplicación genera descargas. Una biblioteca, un salón o un pub generan algo más difícil de medir y más fácil de recortar: el encuentro fortuito que se convierte en costumbre.
La evidencia apunta a dos fallos distintos. Uno es la escasez de lugares y rutinas que hagan del contacto regular algo que no cueste esfuerzo, y de eso se ocupan los salones y los terceros lugares [30]. El otro es el pensamiento defensivo que produce la soledad crónica, y de eso se ocupan los programas cognitivos [11]. Las políticas que solo ofrecen derivaciones o solo chatbots no tratan ninguno de los dos. Una estrategia seria contra la soledad financia ambos y mide si alguno funciona.
La Comisión de la OMS ha pedido que la conexión social se integre en todas las políticas, desde el acceso digital hasta la salud, la educación y el empleo, en palabras de su copresidente Chido Mpemba [1]. La evidencia aquí revisada sugiere lo que eso significaría en la práctica. Las decisiones urbanísticas que cierran el último local comunitario de un barrio son decisiones sobre la soledad. Los recortes en los servicios para la juventud son decisiones sobre la soledad [37]. Los patrones de desplazamiento al trabajo y las políticas de teletrabajo son decisiones sobre la soledad, dada la brecha entre quienes trabajan en remoto a tiempo completo y quienes acuden a la oficina [63]. Si no se aborda, la soledad seguirá costando a la sociedad miles de millones en atención sanitaria, educación y empleo, advirtió el director general de la OMS [1]. La mayor parte de esos miles de millones dependerá de decisiones que nadie califica de política contra la soledad.
Para los sistemas sanitarios, la lección es adecuar la herramienta a la persona. Cribar la soledad crónica y ofrecer apoyo psicológico estructurado permite llegar a las personas con más probabilidades de beneficiarse, como indica la evidencia metaanalítica sobre la gravedad inicial [15]. La prescripción social bien puede ser una vía útil hacia ese apoyo y hacia la actividad comunitaria, pero es preciso evaluarla como es debido antes de invertir más en ella, idealmente mediante implantaciones escalonadas que permitan la comparación [25]. Para los reguladores tecnológicos, la lección es que las normas de seguridad son necesarias pero no suficientes: cualquier producto comercializado como remedio contra la soledad debería estar obligado a demostrar que sus usuarios intensivos se sienten menos solos con el tiempo, y no simplemente que siguen volviendo [40] [42].
La soledad se asocia a más de 871.000 muertes al año [1], y el mercado de los remedios se expande con rapidez. La evidencia sobre lo que funciona es imperfecta, pero no está vacía, y es más coherente de lo que sugiere el debate político. Las intervenciones que funcionan son, en su mayoría, poco vistosas: un salón a menos de 350 metros [30], un coro [32], un voluntario formado que llama cada semana y deja hablar a la otra persona [17], un curso estructurado que enseña a una persona sola a interpretar las señales sociales de forma menos defensiva [18]. Las intervenciones que son, sobre todo, puro teatro son las más fáciles de anunciar. En la distancia que separa unas de otras se ganará o se malgastará la próxima década de gasto contra la soledad.