Voz, imparcialidad y bienestar universal: lo que la OCDE, los países nórdicos, Georgia y Hong Kong revelan sobre cómo se gana y se pierde la confianza.
El balance de la confianza en cifras
Cuatro de cada diez confían en su Gobierno, y la brecha entre países es mayor que la brecha entre partidos
En el conjunto de la OCDE, el 40 % de la población declara una confianza alta o moderadamente alta en su Gobierno nacional, mientras que el 43 % afirma tener poca o ninguna ✓ Hecho establecido [1]. Ese promedio oculta una divergencia que se mide en múltiplos: en Noruega y Suecia más del 60 % sostiene que se puede confiar en la mayoría de la gente, mientras que en Colombia, Brasil y Perú no llega al 10 % quien opina lo mismo [12]. La pregunta no es por qué la confianza es baja en todas partes, sino por qué está tan desigualmente repartida y si ese reparto puede cambiar.
La confianza es la partida menos visible del balance de un país y una de las de mayores consecuencias. El premio Nobel de Economía Kenneth Arrow sostuvo en 1972 que prácticamente toda transacción comercial contiene un elemento de confianza y que buena parte del atraso económico del mundo podía explicarse por la falta de confianza mutua [53]. Medio siglo después, la medición ha alcanzado a la intuición. La Encuesta sobre los Determinantes de la Confianza en las Instituciones Públicas de la OCDE (Survey on Drivers of Trust in Public Institutions), cuya tercera ronda se publicó en junio de 2026 a partir de un trabajo de campo realizado a finales de 2025, concluyó que el 40 % de los encuestados en 33 países miembros y 5 candidatos a la adhesión tenía una confianza alta o moderadamente alta en su Gobierno nacional, frente a un 43 % con poca o ninguna ✓ Hecho establecido [1]. La ronda anterior, levantada a finales de 2023 entre unas 60.000 personas de 30 países, arrojó un reparto casi idéntico: un 39 % frente a un 44 % [5]. La OCDE resumió el resultado de 2026 en una fórmula escueta: la confianza se estabiliza, pero la gente sigue sin sentirse escuchada [1]. Una estabilidad en este nivel no tiene nada de tranquilizador. Significa que, en la democracia rica media, son más los ciudadanos que desconfían de su Gobierno que los que confían en él, y que esa situación se ha mantenido a lo largo de tres rondas de la encuesta.
Los promedios ocultan la verdadera historia, que es la dispersión. En la ronda de 2023, la confianza en el Gobierno nacional oscilaba entre el 61,9 % de Suiza y el 47,6 % de Noruega, en un extremo, y el 30,4 % de Chile, el 28,7 % de Letonia y el 26,7 % del Reino Unido, en el otro, con una media de la OCDE del 39,3 % ✓ Hecho establecido [6]. El informe Panorama de las Administraciones Públicas 2025 (Government at a Glance) de la OCDE señaló que en un tercio de los países encuestados la confianza en el Gobierno nacional se situaba por debajo del 35 % y que, entre las instituciones, los tribunales gozaban de la confianza del 54 % de la población, la función pública y los gobiernos locales del 45 %, y los parlamentos de apenas el 37 % [7]. Estados Unidos, que no figura en las tablas de la OCDE, lo mide el Pew Research Center: en 2025, solo el 17 % de los estadounidenses afirmaba confiar en que el Gobierno federal hiciera lo correcto siempre o casi siempre, frente al 22 % de 2024 y al 77 % de 1964 ✓ Hecho establecido [10]. La World Poll de Gallup constató que en 2023 la confianza en el Gobierno nacional tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido se situaba en el 30 %, empatados en el último lugar del G7, cuando ambos países habían encabezado el grupo al inicio de la serie [11].
La confianza en el Gobierno y la confianza en los demás son magnitudes relacionadas pero distintas, y confundirlas distorsiona el análisis. La confianza social generalizada —el porcentaje de personas que responden que se puede confiar en la mayoría de la gente en la Encuesta Mundial de Valores y en su equivalente europea— es la que muestra la dispersión internacional más acusada. Our World in Data, que recopila esas encuestas, indica que más del 60 % de los encuestados en Noruega y Suecia afirma que se puede confiar en la mayoría de la gente, mientras que en Colombia, Brasil y Perú lo hace menos del 10 % ✓ Hecho establecido [12]. También documenta una sólida relación positiva: los países con mayor confianza declarada son los países con mayor actividad económica [12]. La confianza institucional es más volátil. La confianza de Noruega en su Gobierno nacional cayó del 64 % en 2021 al 48 % en 2023, antes de recuperarse hasta el 57 % en 2025 [2]. Dinamarca, que encabeza desde hace ocho años consecutivos el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, con una puntuación de 89 en 2025, registra una confianza en su Gobierno nacional del 44 %, casi exactamente la media de la OCDE [13] [6]. La ventaja nórdica es abrumadora en confianza social y modesta en confianza hacia los políticos.
Las medidas de comportamiento confirman, a grandes rasgos, que las cifras de las encuestas reflejan algo real. En un experimento de campo publicado en Science en 2019, un equipo de investigadores entregó 17.303 carteras aparentemente perdidas en bancos, hoteles, comisarías y oficinas públicas de 355 ciudades de 40 países, y registró si quienes las recibían se ponían en contacto con su dueño [52]. Las carteras se devolvieron el 40 % de las veces cuando no contenían dinero y el 51 % cuando sí lo contenían, un resultado que contradecía las predicciones de la mayoría de los economistas consultados y que reveló grandes diferencias entre países ◈ Evidencia sólida [52]. Una línea distinta de investigación de laboratorio, iniciada por Glaeser, Laibson, Scheinkman y Soutter en 2000, halló que la pregunta estándar de las encuestas predice con más fiabilidad lo digna de confianza que es una persona en su conducta que lo confiada que se muestra [31]. Esto importa para la interpretación. Cuando una población declara que se puede confiar en la mayoría de la gente, está informando en parte sobre el comportamiento que observa a su alrededor. La confianza medida en las encuestas es, en buena medida, una medición de la fiabilidad de la sociedad circundante.
Los resultados de la OCDE de 2026, con trabajo de campo a finales de 2025 en 33 países miembros y 5 candidatos a la adhesión, registraron un 40 % de confianza alta o moderadamente alta y un 43 % de confianza baja o nula [1]. La ronda de 2024, con unos 60.000 encuestados en 30 países, obtuvo un 39 % y un 44 % [5]. Dentro de esa media estable, algunos países se movieron con brusquedad: Japón pasó del 24 % en 2021 al 46 % en 2025, mientras que Noruega cayó 16 puntos entre 2021 y 2023 antes de recuperarse [3] [2].
Los datos europeos cuentan una historia parecida de promedios estables y fuertes oscilaciones nacionales. El Eurobarómetro Estándar de la primavera de 2025 situó la confianza en la Unión Europea en el 52 %, su nivel más alto desde 2007, mientras que la confianza en los gobiernos nacionales del conjunto de la Unión se quedaba en el 36 % y en los parlamentos nacionales en el 37 % ✓ Hecho establecido [14]. Un año antes, la oleada de la primavera de 2024 había registrado caídas de la confianza en el Gobierno nacional de 13 puntos en los Países Bajos y de 11 en Finlandia, y una confianza de apenas el 25 % entre los europeos que se describían como clase trabajadora [56]. Las encuestas comerciales emplean métodos distintos, pero apuntan en la misma dirección. El Edelman Trust Barometer de 2026, basado en 33.938 entrevistas en línea realizadas en 28 países a finales de 2025, halló que el 70 % de los encuestados no estaba dispuesto a confiar, o dudaba en hacerlo, en personas con valores distintos de los suyos, porcentaje que ascendía al 90 % en Japón y al 81 % en Alemania [8]. El consejero delegado de la firma, Richard Edelman, describió la trayectoria como un descenso del miedo a la polarización, de la polarización al agravio y, ahora, del agravio al ensimismamiento [8] [9].
Estas cifras enmarcan la pregunta que aborda este informe. La confianza no es un carácter nacional inmutable, puesto que varios países han ganado o perdido entre 15 y 20 puntos en pocos años. Tampoco es aleatoria, puesto que los mismos países se agrupan en la cabeza y en la cola de todos los indicadores década tras década. La tarea analítica central consiste en separar los componentes lentos de la confianza —la herencia histórica y cultural que los economistas han rastreado hasta varios siglos atrás— de los componentes rápidos, que responden a la manera en que las instituciones se comportan realmente ◈ Evidencia sólida [21] [25]. La pregunta política se deriva directamente de ahí. Si la confianza es sobre todo heredada, las sociedades de baja confianza están atrapadas y la reforma tendrá que esperar varias generaciones. Si en buena medida la producen las instituciones, puede reconstruirse, aunque no mediante campañas de comunicación, sino solo mediante cambios en la conducta de las propias instituciones. El peso de la evidencia que se examina en las secciones siguientes apunta hacia la segunda respuesta, con matices importantes.
Qué impulsa realmente la confianza
La voz, la equidad y la fiabilidad pesan más que las cifras de crecimiento y los comunicados de prensa
El factor que mejor predice por sí solo la confianza en el Gobierno en la encuesta de la OCDE es que la gente sienta que tiene voz: quienes lo sienten confían en su Gobierno 47 puntos más que quienes no ✓ Hecho establecido [1]. Solo el 31 % de los encuestados cree que las personas como ellos tienen algo que decir en lo que hace el Gobierno [1]. Los determinantes de la confianza son medibles, y la mayoría tiene que ver con cómo tratan las instituciones a la gente más que con lo que le proporcionan.
El marco de confianza de la OCDE, depurado a lo largo de tres rondas de la encuesta, divide los determinantes de la confianza en competencia —si las instituciones son receptivas y fiables— y valores —si son abiertas, justas y actúan con integridad— [5]. Su análisis de regresión, repetido país por país, constata sistemáticamente que el lado de los valores pesa más que los grandes indicadores de desempeño económico. En los resultados de 2024, el 69 % de quienes sentían que tenían voz en lo que hace el Gobierno declaraba una confianza alta o moderadamente alta en el Gobierno nacional, frente al 22 % de quienes sentían que no la tenían ✓ Hecho establecido [5]. En los resultados de 2026, la brecha entre ambos grupos alcanzó los 47 puntos en el conjunto de la OCDE, y los 48 según el cálculo del Consultation Institute, frente a los 44 puntos de 2021 [1] [4]. Resulta llamativo que el 68 % de los encuestados creyera que votar les da cierta influencia sobre el Gobierno, pero que solo el 31 % pensara que las personas como ellos tienen algo que decir en lo que hace el Gobierno [1]. Las elecciones confieren una voz formal. La mayoría de los ciudadanos no lo vive como ser escuchada.
La equidad y la integridad forman el segundo bloque. La encuesta de la OCDE pregunta si los encuestados esperan que un empleado público rechace un soborno, si esperan que un alto cargo rechace un empleo bien remunerado en el sector privado a cambio de un favor político y si esperan recibir un trato igual con independencia de sus ingresos, su género o su origen [5]. Las expectativas de integridad y de trato justo figuran, en todas las rondas, entre los factores que mejor predicen la confianza ◈ Evidencia sólida [5] [7]. Este hallazgo concuerda con dos décadas de trabajo académico. Bo Rothstein y Jan Teorell definieron la calidad de gobierno como la imparcialidad en el ejercicio de la autoridad pública, es decir, el principio según el cual los funcionarios no toman en consideración nada de un ciudadano que no esté previsto de antemano por la ley o por la política pública [18]. En este marco, la imparcialidad es la propiedad institucional que genera confianza. Rothstein y Eric Uslaner describieron una cadena causal en la que la desigualdad económica alimenta la corrupción, la corrupción deprime la confianza y la baja confianza perpetúa la desigualdad: lo que denominaron una trampa de la desigualdad [17].
La fiabilidad es el tercer pilar, y es ahí donde la pandemia ofreció una prueba natural. El estudio publicado en The Lancet por Thomas Bollyky y sus colegas, que abarcó 177 países entre enero de 2020 y septiembre de 2021, halló que los indicadores de confianza en el Gobierno y de confianza interpersonal se asociaban a menores tasas de infección y a una mayor cobertura de vacunación, mientras que los índices habituales de preparación ante pandemias no lo hacían ◈ Evidencia sólida [15]. Bollyky declaró a Associated Press que el equipo no había encontrado ninguna relación entre los resultados de la COVID y la democracia, el populismo, la eficacia gubernamental, la sanidad universal, los indicadores de preparación ante pandemias, la desigualdad económica o la confianza en la ciencia [16]. Según informó Associated Press, los autores estimaron que, si todos los países hubieran tenido la confianza interpersonal de Dinamarca, las infecciones mundiales habrían sido alrededor de un 40 % menores —unos 440 millones menos— a lo largo de esos 21 meses, y un 13 % menores con los niveles daneses de confianza en el Gobierno [16]. En la propia Dinamarca, el proyecto HOPE, dirigido por Michael Bang Petersen, que realizó más de 400.000 entrevistas en 8 democracias, constató que alrededor del 90 % de los daneses confiaba en el sistema sanitario y que la confianza en la gestión de la pandemia por parte de las autoridades era el mejor predictor de la aceptación de la vacuna [42].
Los datos de la OCDE indican que un Gobierno puede mejorar los resultados y aun así perder confianza si los ciudadanos no se sienten escuchados, y que puede conservarla durante años difíciles si se sienten escuchados. La brecha de voz de 47 puntos es mayor que cualquier brecha por ingresos, edad o nivel educativo que recoge la encuesta [1]. Una participación que se tenga visiblemente en cuenta —no la consulta como mero ritual— es la palanca más poderosa que identifican los datos.
Las crisis económicas dañan la confianza, pero sobre todo a través del canal de la injusticia percibida. Yann Algan, Sergei Guriev, Elias Papaioannou y Evgenia Passari, que analizaron las regiones europeas tras la crisis de 2008, constataron que el desempleo en la Unión Europea subió del 7 % en 2007 al 11 % en 2013 y que un aumento de 5 puntos en el paro regional se asociaba a una caída de 1,5 puntos en la confianza política ◈ Evidencia sólida [30]. Utilizando como instrumento el peso de la construcción antes de la crisis, estimaron que un aumento de 1 punto en el desempleo elevaba el voto antisistema entre 2 y 3,9 puntos porcentuales [30]. El efecto sobre la confianza interpersonal fue muy inferior al efecto sobre la confianza en las instituciones políticas, con un coeficiente estandarizado de alrededor de −0,065 frente a alrededor de −0,15 [30]. Su conclusión fue tajante: la inseguridad económica provocada por la crisis es un motor sustancial del populismo y de la desconfianza política [30]. La crisis no hizo que los europeos desconfiaran unos de otros. Hizo que desconfiaran de las instituciones a las que consideraban responsables.
El reparto importa tanto como el grado de penuria. Los resultados de la OCDE de 2026 hallaron una confianza menor entre las mujeres, los adultos jóvenes y las personas con menos estudios, y señalaron que la brecha por nivel educativo se había ampliado de forma sustancial desde 2021 [1]. En el Reino Unido el patrón se ha invertido: en 2025 los titulados universitarios confiaban menos en el Gobierno que los no titulados, con una brecha educativa de 31 puntos, mientras que la brecha de voz británica era de solo 8 puntos, señal de que allí la desconfianza se ha extendido más allá de los grupos que tradicionalmente se sienten excluidos [4]. El Edelman Trust Barometer de 2025 registró que el 61 % de los encuestados de 28 países albergaba un sentimiento de agravio moderado o alto hacia las empresas, el Gobierno y los ricos, y que el porcentaje de quienes temen que los dirigentes políticos los engañen deliberadamente había pasado del 58 % en 2021 al 69 % [9]. En el planteamiento de Edelman, el agravio es el puente entre la inseguridad económica y la desconfianza política ◈ Evidencia sólida [9].
En conjunto, los determinantes dibujan una jerarquía coherente. La confianza sigue a la experiencia de ser tratado con equidad y escuchado por instituciones que se comportan de manera previsible, y cae cuando los ciudadanos perciben que las normas se doblegan ante los bien relacionados, que las penurias se reparten de forma desigual o que su participación no cambia nada. El crecimiento económico ayuda en el margen, pero los datos de la OCDE muestran que países con tasas de crecimiento similares difieren ampliamente en confianza y que las variables más estrechamente asociadas a ella son procedimentales antes que materiales ◈ Evidencia sólida [5] [7]. La filósofa británica Onora O’Neill ha sostenido que el objetivo no debería ser más confianza a secas, sino más confianza en quien es digno de ella y menos en quien no lo es [33]. La evidencia de las encuestas encaja con ese planteamiento. Allí donde las instituciones son imparciales y receptivas, la confianza es alta y, en gran medida, merecida. Allí donde no lo son, la baja confianza es una respuesta racional y no una patología cultural.
El balance nórdico
Burocracias imparciales, bienestar universal y un siglo de rendimientos acumulados
Noruega, Suecia, Dinamarca y Finlandia ocupan los primeros puestos de todas las clasificaciones internacionales de confianza social, con más del 60 % de la población convencida de que se puede confiar en la mayoría de la gente ✓ Hecho establecido [12]. La evidencia sugiere cada vez más que se trata menos de una dotación cultural que de un producto institucional: datos de panel daneses que abarcan 18 años muestran que la confianza institucional causa la confianza social, y no al revés ◈ Evidencia sólida [25].
El patrón nórdico es el punto de referencia de toda teoría de la confianza. Kenneth Newton y Jan Delhey, que analizaron 60 países en 2005, hallaron que las sociedades de alta confianza comparten cinco rasgos —homogeneidad étnica, tradición protestante, buen gobierno, riqueza e igualdad de ingresos— y que estos rasgos se concentran con mayor fuerza en los países nórdicos ◈ Evidencia sólida [29]. Conviene destacar que las mismas asociaciones se mantenían, aunque más débiles, en los otros 55 países, lo que sugiere que los países nórdicos son un caso extremo de un patrón mundial y no una excepción a él [29]. El índice de Transparencia Internacional de 2025 sitúa a Dinamarca en primer lugar por octavo año consecutivo, con una puntuación de 89, y a Finlandia en segundo, con 88, mientras que la media mundial bajó a 42 y 122 de los 182 países obtuvieron menos de 50 [13]. Solo 5 países superaron los 80 puntos, frente a 12 una década antes [13]. Los países nórdicos combinan así la mayor confianza social del mundo con la menor corrupción percibida, una coincidencia que la mayoría de los investigadores trata hoy como una relación de causa y efecto.
La cuestión clave es el sentido de la causalidad. Si la confianza nórdica fuera simplemente un rasgo cultural, produciría buenas instituciones; si son las instituciones las que producen confianza, la flecha apunta en la dirección contraria. Kim Mannemar Sønderskov y Peter Thisted Dinesen abordaron la cuestión de frente mediante dos encuestas de panel danesas que cubren 18 años y que siguen a los mismos individuos a lo largo del tiempo con modelos de efectos fijos y de retardos cruzados [25]. Encontraron pruebas sólidas de que la confianza en las instituciones del Estado causa la confianza social, y solo indicios limitados del sentido inverso ◈ Evidencia sólida [25]. Un estudio anterior de Dinesen sobre inmigrantes llegados a Europa Occidental halló que tanto la cultura de confianza del país de origen como la calidad institucional del país de destino eran predictores muy significativos de la confianza del inmigrante, prueba de que la confianza tiene raíces culturales pero responde al entorno institucional en que vive cada persona [26]. Quienes se trasladan de una sociedad de baja confianza a otra de alta confianza se vuelven más confiados. Algo difícil de explicar si la confianza fuera una herencia fija.
Sønderskov y Dinesen siguieron a los mismos individuos en dos paneles daneses y hallaron pruebas sólidas de que la confianza institucional impulsa la confianza social, con un respaldo limitado a la vía causal opuesta [25]. El estudio de Dinesen sobre migración añade que la confianza de los inmigrantes refleja tanto su cultura de origen como las instituciones del país en que se asientan [26]. La conclusión es que las instituciones son una palanca, y no un mero síntoma.
El mecanismo que más se asocia a la confianza nórdica es el Estado de bienestar universal. Staffan Kumlin y Bo Rothstein, con datos de encuestas suecas, hallaron que el contacto con programas sociales selectivos, sujetos a comprobación de recursos, se asociaba a una menor confianza social, mientras que el contacto con programas universales no ◈ Evidencia sólida [20]. La lógica es procedimental. Los programas condicionados a la renta obligan a los trabajadores sociales a emitir juicios discrecionales sobre quién merece ayuda, lo que invita a sospechar fraude por parte de los solicitantes y arbitrariedad por parte de los funcionarios. Los programas universales —prestaciones por hijo, sanidad y educación al alcance de todos en las mismas condiciones— eliminan esa discrecionalidad y, con ella, una fuente importante de sospecha mutua [20] [17]. Rothstein y Uslaner sostuvieron que los programas universales son la principal vía de salida de la trampa de la desigualdad, porque reducen la desigualdad al tiempo que tratan a los ciudadanos como iguales [17]. El Estado de bienestar nórdico, por tanto, no es solo un sistema redistributivo. Es una máquina de generar confianza, porque casi todos los ciudadanos perciben al Estado como imparcial en sus encuentros cotidianos con él.
El registro histórico respalda la explicación institucional, con salvedades. El estudio de Alina Mungiu-Pippidi sobre cómo desarrollan las sociedades el control de la corrupción remonta la construcción del Estado de derecho danés a la monarquía absoluta instaurada en 1660, y constata que la mayoría de los países hoy menos corruptos hicieron su transición en el siglo XIX ◈ Evidencia sólida [41]. Rothstein ha sostenido que Suecia pasó de una administración corrupta y clientelar a otra imparcial mediante un estallido concentrado de reformas a mediados del siglo XIX, un auténtico big bang [19]. Anders Sundell, en un estudio de 2016 para el Grupo de Expertos en Estudios sobre la Ayuda (Expert Group for Aid Studies) del Gobierno sueco, discute la rapidez de esa transición y concluye que el cambio sueco se describe mejor como gradual y progresivo, ya que las gratificaciones informales a los funcionarios se mantuvieron hasta que subieron los salarios y se introdujo el impuesto sobre la renta [40]. Ambas explicaciones coinciden en lo esencial: la confianza nórdica se construyó, a lo largo de generaciones, mediante la edificación deliberada de una administración imparcial. No fue una condición originaria de la sociedad escandinava.
El balance nórdico no es inmune a la depreciación. La confianza de Noruega en su Gobierno nacional cayó 16 puntos entre 2021 y 2023, del 64 % al 48 %, antes de recuperarse hasta el 57 % en 2025 ✓ Hecho establecido [2]. Finlandia registró un 47 % en la ronda de 2023 de la OCDE, y el Eurobarómetro de la primavera de 2024 recogió después una caída de 11 puntos en la confianza finlandesa en el Gobierno nacional [6] [56]. La cifra danesa de la OCDE bajó del 49 % en 2021 al 44 % tanto en 2023 como en 2025 [60]. Son movimientos amplios en términos absolutos, pero se producen en torno a un nivel de partida elevado de confianza social que apenas se ha movido: los ciudadanos nórdicos pueden perder la confianza en un Gobierno concreto sin perderla en los demás ni en los tribunales y la función pública [12] [7]. Esa distinción, entre la confianza en quienes gobiernan y la confianza en el sistema, es lo que separa un bache pasajero de una crisis estructural. Los sistemas nórdicos absorben la decepción política porque el estrato administrativo que se halla por debajo de los políticos sigue siendo imparcial.
Dos complicaciones merecen atención. En primer lugar, los países nórdicos no son las únicas democracias de alta confianza en términos institucionales: Suiza, con un 61,9 % de confianza en el Gobierno nacional en 2023, y Luxemburgo, con un 56 %, superan en ese indicador a los cuatro Estados nórdicos [6] [7]. La democracia directa suiza, con sus frecuentes referendos, ofrece una vía distinta hacia el mismo resultado: la voz en lugar del universalismo. En segundo lugar, un metaanálisis de 1001 estimaciones procedentes de 87 estudios, firmado por Dinesen, Merlin Schaeffer y Sønderskov, halló una asociación negativa estadísticamente significativa entre diversidad étnica y confianza social, más fuerte en el caso de la confianza en los vecinos y cuando la diversidad se mide a escala local ⚖ Controvertido [28]. Ese resultado se cita a menudo para argumentar que la confianza nórdica dependía de la homogeneidad y se erosionará con la inmigración. Sin embargo, el mismo corpus de investigación muestra que el efecto es modesto en comparación con la calidad institucional y que los inmigrantes en países de alta confianza se vuelven más confiados con el tiempo [26] [28].
La trampa de la baja confianza
Por qué la desconfianza se reproduce a sí misma y cuánto cuesta
Allí donde las instituciones han sido históricamente depredadoras, la desconfianza es una herencia racional, y persiste mucho después de que sus causas hayan desaparecido ◈ Evidencia sólida [22]. Los grupos más expuestos a la trata atlántica de esclavos siguen confiando hoy menos en sus vecinos y en sus gobiernos locales, y las regiones italianas sin una historia de ciudades-Estado libres medievales arrastran todavía un déficit de capital cívico [22] [24]. El coste alcanza porcentajes considerables de la renta nacional.
Bo Rothstein denomina trampa social a la situación de baja confianza: una situación en la que las personas no cooperan en beneficio mutuo porque no confían en que los demás también cooperen ◈ Evidencia sólida [19]. Si la mayoría de los funcionarios acepta sobornos, el funcionario honrado no gana nada rechazándolos y el ciudadano honrado pierde si no paga. Si la mayoría de los contribuyentes defrauda, cumplir es un juego de ingenuos. La desconfianza de cada actor es racional en el plano individual y ruinosa en el colectivo y, precisamente por ser racional, no se disuelve cuando desaparece la causa original [19]. La etnografía de Edward Banfield sobre una aldea del sur de Italia en 1955 describía el mismo equilibrio como la incapacidad de los aldeanos para actuar juntos en favor del bien común o de cualquier fin que trascendiera el interés material e inmediato de la familia nuclear [59]. El estudio de Robert Putnam sobre los gobiernos regionales italianos creados en 1970 halló que su desempeño, dos décadas después, reflejaba tradiciones cívicas que se remontaban siglos atrás: las regiones del norte, con un denso tejido asociativo, gobernaban bien; las del sur, que carecían de él, gobernaban mal [23].
Desde entonces, los economistas han medido cuánto tiempo persisten esas trampas. Luigi Guiso, Paola Sapienza y Luigi Zingales hallaron que las ciudades italianas que habían sido comunas autónomas en la Edad Media tienen hoy más capital cívico, y que el efecto aumenta con la duración y la intensidad de su independencia ◈ Evidencia sólida [24]. Según sus estimaciones, al menos el 50 % de la brecha de capital social entre el norte y el sur de Italia se debe a la ausencia de una experiencia de ciudad-Estado libre en el sur [24]. Nathan Nunn y Leonard Wantchekon, a partir de la encuesta del Afrobarómetro de 2005, con 21.702 encuestados en 17 países, constataron que las personas pertenecientes a grupos étnicos más castigados por las razias de la trata de esclavos del Atlántico y del océano Índico expresan hoy menos confianza en sus parientes, sus vecinos, los miembros de su propio grupo étnico y el gobierno local [22]. Utilizando como instrumento la distancia histórica a la costa, concluyeron que la mayor parte del efecto opera a través de factores internos al individuo —normas culturales, creencias y valores transmitidos de generación en generación— y no solo a través de la calidad de las instituciones actuales [22].
Prácticamente toda transacción comercial contiene en sí misma un elemento de confianza, sin duda cualquier transacción que se desarrolle a lo largo de un periodo de tiempo. Puede sostenerse de forma plausible que buena parte del atraso económico del mundo se explica por la falta de confianza mutua.
— Kenneth J. Arrow, Gifts and Exchanges, Philosophy and Public Affairs, 1972El coste económico de estas trampas es elevado. Yann Algan y Pierre Cahuc midieron la confianza que los descendientes de inmigrantes en Estados Unidos habían heredado de los países de origen de sus antepasados, a partir de la General Social Survey de 1977 a 2004 y de 24 países de origen, y utilizaron esa confianza heredada para estimar el efecto de la confianza sobre el crecimiento en los propios países de origen ◈ Evidencia sólida [21]. Concluyeron que la confianza heredada explicaba más de la tercera parte de las diferencias de renta per cápita entre países. Sus estimaciones contrafactuales eran llamativas: la renta per cápita en 2000 habría sido un 17 % mayor en Italia, un 11 % en Francia, un 7 % en Alemania y un 6 % en el Reino Unido si esos países hubieran tenido la confianza heredada de Suecia, y un 69 % mayor en Rusia, un 59 % en México y un 546 % en África [21]. Estas cifras conllevan incertidumbre, y una replicación de 2017 puso en cuestión partes de la estrategia de identificación [57]. Pero, aun aplicando un fuerte descuento, implican que la confianza figura entre los mayores determinantes de la prosperidad nacional.
América Latina ilustra la trampa a escala regional. Our World in Data indica que menos del 10 % de los encuestados en Colombia, Brasil y Perú afirma que se puede confiar en la mayoría de la gente, una de las cifras más bajas registradas en el mundo ✓ Hecho establecido [12]. El informe de 2023 de Latinobarómetro constató que el apoyo a la democracia en la región había caído al 48 %, desde el 63 % de 2010, que solo el 28 % estaba satisfecho con el funcionamiento de la democracia y que el 17 % aceptaría un gobierno autoritario en determinadas circunstancias [47]. El apoyo se recuperó hasta el 52 % en la encuesta de 2024 [48]. En Oriente Próximo, el Líbano ofrece un caso extremo: los datos del Barómetro Árabe analizados por el Economic Research Forum muestran que en 2024 menos del 10 % de los libaneses confiaba en el Gobierno o en el Parlamento, mientras que la confianza en el Ejército superaba el 85 % [49]. Cuando se desconfía del Estado civil y solo las fuerzas de seguridad inspiran confianza, los incentivos para la reforma democrática se debilitan aún más. En esta configuración, la baja confianza no es un mero síntoma del mal gobierno. Estrecha el espacio político en el que podría construirse un gobierno mejor.
Un equilibrio de baja confianza impone costes a cada transacción —más contratos, más supervisión, más garantías, menos cooperación con desconocidos—, y esos costes persisten porque la desconfianza de cada individuo es racional dado el comportamiento de todos los demás [19] [21]. El estudio de The Lancet sobre la pandemia sugiere que la misma aritmética se aplica a la salud pública: fue la confianza, y no los planes de preparación, lo que predijo quién cumplía las normas [15]. La desconfianza es un impuesto que ningún parlamento vota y ningún Gobierno recauda, pero que paga cada ciudadano.
Las trampas también se forman dentro de democracias ricas. Grecia ofrece el caso europeo más claro: los datos del Eurobarómetro muestran que la confianza en el Gobierno nacional superaba el 50 % en 2004 y promediaba un 44 % antes de 2008, para desplomarse después hasta el 8 % en el otoño de 2011 y el 7 % en 2012, en plena crisis de la deuda soberana ◈ Evidencia sólida [45]. Desde entonces no ha superado el 37 % [45]. El patrón coincide con la conclusión de Algan y sus colegas de que el desempleo provocado por una crisis daña la confianza en las instituciones políticas mucho más que la confianza interpersonal [30]. Una sociedad puede, por tanto, entrar en un equilibrio de baja confianza en su vida política sin dejar de confiar razonablemente en sus vecinos, y el componente político basta por sí solo para alimentar el voto antisistema [30]. Francia ofrece una variante más suave. El barómetro de confianza política del CEVIPOF de 2025 halló que solo el 26 % de los franceses confiaba en la política, frente al 47 % en Alemania y el 39 % en Italia, con una confianza del 17 % en el Gobierno y del 20 % en la Asamblea Nacional, pero del 61 % en los alcaldes [46].
La cifra de los alcaldes franceses apunta al matiz más importante de la literatura sobre la baja confianza. La desconfianza rara vez es uniforme entre instituciones. Los tribunales, los gobiernos locales y la función pública suelen inspirar más confianza que los parlamentos y los gobiernos nacionales: en el conjunto de la OCDE, en 2023, el 54 % confiaba en los tribunales y el 37 % en los parlamentos ✓ Hecho establecido [7]. Las instituciones con las que los ciudadanos tratan directamente y que perciben como sujetas a normas tienden a gozar de más confianza que aquellas que ven a través de medios partidistas. Esto es coherente con la explicación institucional. Y señala también dónde puede empezar la reparación. Una sociedad no puede cambiar su historia, pero sí las instituciones a través de las cuales la mayoría de los ciudadanos se encuentra con el Estado —el agente de policía, la oficina tributaria, la escuela, el registro—, y la evidencia de las secciones siguientes sugiere que los cambios en ese nivel mueven la confianza medida más deprisa que cualquier reforma política. La trampa es persistente, pero sus muros están hechos de expectativas, y las expectativas responden a la evidencia.
Trayectorias divergentes
Cómo ganaron o perdieron confianza ocho países y qué movió las cifras
La confianza medida puede moverse entre 15 y 20 puntos en pocos años. La confianza de Japón en su Gobierno nacional pasó del 24 % en 2021 al 46 % en 2025 ✓ Hecho establecido [3], y la de Corea del 37 % al 51 % [43], mientras que la de Grecia cayó al 7 % en 2012 y la estadounidense tocó el 17 % en 2025 [45] [10]. Estas trayectorias muestran qué fuerzas mueven la confianza con rapidez y cuáles no.
Estados Unidos ofrece la serie continua más larga y el declive más pronunciado entre las democracias ricas. El Pew Research Center registra que alrededor del 73 % de los estadounidenses confiaba en 1958 en que el Gobierno federal hiciera lo correcto siempre o casi siempre, y el 77 % en 1964; la cifra cayó hasta aproximadamente una cuarta parte en 1980, no ha superado el 30 % desde 2007 y se situó en el 17 % en 2025 ✓ Hecho establecido [10]. El indicador de Gallup sobre la confianza en nueve instituciones de seguimiento prolongado promedió un 28 % en 2025, frente al 48 % de 1979 [55]. En abril de 2024, Gallup señaló que 2022 fue la primera vez en que Estados Unidos y el Reino Unido ocuparon el último lugar del G7 en confianza en el Gobierno nacional, después de haber figurado ambos en cabeza al inicio de la World Poll, casi dos décadas antes [11]. El declive estadounidense ha continuado bajo administraciones de ambos partidos. Es un patrón difícil de atribuir a la conducta de un Gobierno concreto, y sugiere causas estructurales —la polarización, la desigualdad y un entorno informativo fragmentado— más que una respuesta cíclica al desempeño.
El Reino Unido ha seguido una senda parecida, más reciente y más abrupta. La encuesta British Social Attitudes, publicada por el National Centre for Social Research en junio de 2024, halló que el 45 % de los británicos casi nunca confía en que los gobiernos de cualquier partido antepongan las necesidades del país a los intereses de su propia formación, 22 puntos más que en 2020, y que el 58 % casi nunca confía en que los políticos digan la verdad cuando se ven en apuros, 19 puntos más ✓ Hecho establecido [44]. Un 79 % afirmó que el sistema de gobierno del país necesitaba mejoras [44]. En la ronda de 2023 de la OCDE, la confianza británica en el Gobierno nacional fue del 26,7 %, la más baja de los países incluidos en la comparación de la oficina de estadística irlandesa [6]. Los resultados de 2026 muestran un nuevo cambio de composición: los titulados universitarios confían ahora menos en el Gobierno que quienes no lo son [4]. En un patrón que invierte la mayoría de los hallazgos internacionales, la desconfianza en el Reino Unido ha migrado de los excluidos económicamente a la clase media con estudios.
Japón y Corea demuestran que la confianza puede subir con rapidez. La confianza de Japón en su Gobierno nacional era del 24 % en la encuesta de la OCDE de 2021 y alcanzó el 46 % en 2025, por encima de la media de la OCDE del 40 % ✓ Hecho establecido [3]. El aumento se produjo pese al escándalo de los fondos opacos del Partido Liberal Democrático de 2023, que hundió la aprobación del primer ministro Fumio Kishida hasta un mínimo del 17 %, la más baja de cualquier jefe de Gobierno desde que el partido volvió al poder en 2012 [50]. Los datos de la OCDE no aíslan una causa única, y el avance coincidió con cambios de liderazgo y con un ciclo político diferente. El ascenso coreano fue igual de brusco: según Financial News, Corea registró un 51,03 % de confianza en los resultados de 2026, frente al 37,15 % de la encuesta de 2024, lo que la situó en sexto lugar dentro de la OCDE [43]. El ministro del Interior coreano, Yoon Ho-jung, atribuyó la mejora a los esfuerzos por normalizar con rapidez los asuntos de Estado y reforzar la comunicación con la ciudadanía [43].
Estonia complica el supuesto de que unos servicios públicos eficientes generan confianza de forma automática. El país es conocido internacionalmente por sus servicios públicos digitales y, sin embargo, en los resultados de la OCDE de 2024 solo el 38 % de los estonios confiaba en su Gobierno nacional, 9 puntos menos que en 2021 ✓ Hecho establecido [58]. La misma encuesta registró una confianza del 74 % en la policía, del 62 % en los tribunales y del 60 % en los demás ciudadanos [58]. Estonia reproduce así el patrón nórdico en miniatura: alta confianza en las instituciones administrativas imparciales y en los conciudadanos, combinada con una confianza volátil en los gobiernos electos. Los servicios eficientes generan confianza en los servicios. No protegen por sí solos a los gobiernos de las consecuencias políticas de la inflación, de las subidas de impuestos o de decisiones políticas controvertidas. El caso estonio es una advertencia frente al optimismo tecnocrático, la creencia de que una mejor prestación de servicios reparará por sí sola la desconfianza política.
Grecia y el Líbano muestran con qué rapidez puede derrumbarse la confianza cuando las instituciones fracasan a la vista de todos y los costes se reparten de forma desigual. En Grecia, la confianza en el Gobierno nacional cayó de más del 50 % en 2004 al 7 % en 2012, y no se ha recuperado más allá del 37 % ◈ Evidencia sólida [45]. En el Líbano, las encuestas del Barómetro Árabe muestran en 2024 una confianza en el Gobierno y en el Parlamento inferior al 10 %, tras un colapso bancario que se llevó por delante los ahorros de los depositantes corrientes [49]. En ambos países, el derrumbe siguió un patrón coherente con la evidencia académica: una crisis económica vivida como injusta, cuyos costes recayeron sobre quienes no la habían causado, dañó la confianza en las instituciones políticas mucho más que la confianza en los vecinos o en instituciones como el Ejército [30] [49]. En ambos casos la recuperación ha sido lenta. La confianza perdida parece recobrarse más despacio de lo que se pierde, porque los ciudadanos necesitan pruebas reiteradas de un cambio de conducta antes de revisar las expectativas que se formaron durante la crisis.
Suiza y Noruega, en el otro extremo de la distribución, ilustran dos vías hacia una confianza alta y sostenida. Suiza registró un 61,9 % de confianza en el Gobierno nacional en 2023 y un 61,57 % en los resultados de 2026, la cifra más alta de la OCDE [6] [43]. Su sistema combina federalismo, gobierno de consenso y una democracia directa frecuente, que da a los ciudadanos voz formal sobre decisiones concretas varias veces al año. Noruega se apoya, en cambio, en instituciones de bienestar universales y en una función pública imparcial, y su confianza en el Gobierno ha demostrado ser resistente: tras caer al 48 % en 2023, se recuperó hasta el 57 % en 2025 [2]. Ambos sistemas ofrecen a los ciudadanos pruebas reiteradas de que las instituciones son justas y receptivas, uno mediante la participación y el otro mediante una prestación imparcial. La comparación sugiere que existe más de una vía hacia una confianza alta, pero que todas pasan por una equidad visible y por la voz ◈ Evidencia sólida [1] [17].
Reconstruir la confianza
Georgia, Hong Kong, Singapur y Bogotá, y lo que tienen en común
Georgia destituyó a unos 15.000 policías de tráfico en un solo día de 2004, y su puesto en el Índice de Percepción de la Corrupción mejoró del 130 al 64 en 2011 ✓ Hecho establecido [36] [35]. La comisión anticorrupción independiente de Hong Kong, creada en 1974, transformó un cuerpo policial que había sido sinónimo de corruptela [38]. Los casos demuestran que la confianza puede reconstruirse mediante cambios visibles y creíbles en el comportamiento institucional, y no mediante mensajes.
La reforma georgiana es el caso moderno más citado. Tras la Revolución de las Rosas de 2003, el nuevo Gobierno destituyó a unos 15.000 agentes de la policía de tráfico —en torno al 85 % del cuerpo— en un solo día de julio de 2004, y en total unos 30.000 agentes abandonaron el servicio policial ✓ Hecho establecido [36]. El cuerpo se reconstruyó como una policía de patrulla más reducida y mejor pagada, con uniformes, vehículos y criterios de selección nuevos; la proporción de policías por habitante pasó de 1 por cada 78 a 1 por cada 214 en 2006 [36]. El estudio del Banco Mundial de 2012 sobre las reformas documentó cambios paralelos en la administración tributaria, las aduanas, el suministro eléctrico, los registros públicos y el acceso a la universidad [34]. Los resultados fueron medibles. El puesto de Georgia en el Índice de Percepción de la Corrupción mejoró del 130 de 158 países en 2005 al 64 en 2011, y su posición en el informe Doing Business del Banco Mundial, del 112 al 16 [35]. En 2009, una encuesta del Instituto Republicano Internacional situaba a la policía como la tercera institución más popular del país [36].
Los datos de encuestas sobre la confianza en la policía confirman la transformación, aunque también muestran sus límites. El Barómetro del Cáucaso, elaborado por los Caucasus Research Resource Centers, registró una confianza en la policía del 67 % en 2011, del 50 % en 2012 y del 58 % en 2013 ✓ Hecho establecido [37]. La confianza era mayor en las zonas rurales que en la capital —un 67 % frente a un 49 % en 2013—, un patrón coherente con la idea de que los ciudadanos juzgan a las instituciones por sus propios encuentros con ellas [37]. La caída posterior a 2011 recuerda que la confianza construida mediante el cambio institucional sigue dependiendo de que la conducta se mantenga, y que se vuelve a ganar en cada encuentro [37]. El Banco Mundial planteó la lección como un desafío al fatalismo: su informe sostenía que la corrupción se considera a veces endémica, producto de la cultura local e inevitable, y que la experiencia de Georgia demostraba lo contrario [35]. El elemento decisivo no fue una campaña de comunicación. Fue la desaparición visible del soborno en la carretera, una experiencia que casi todos los ciudadanos podían comprobar directamente.
Unos 15.000 agentes de tráfico, en torno al 85 % del cuerpo, fueron destituidos en julio de 2004 y sustituidos por una policía de patrulla reconstruida [36]. El Banco Mundial documentó reformas paralelas en fiscalidad, aduanas, electricidad y registros, y Georgia ascendió en la clasificación Doing Business del puesto 112 al 16 [34] [35]. La confianza en la policía alcanzó el 67 % en el Barómetro del Cáucaso de 2011 [37].
Hong Kong y Singapur muestran el mismo principio en funcionamiento durante un periodo más largo. En junio de 1973, el superintendente jefe Peter Godber huyó de Hong Kong mientras estaba siendo investigado, con un patrimonio de unos 4,3 millones de dólares de Hong Kong, lo que provocó la indignación pública ✓ Hecho establecido [38]. El gobernador Murray MacLehose respondió creando en febrero de 1974 la Comisión Independiente contra la Corrupción (ICAC), con el argumento de que la población confiaría más en una unidad completamente independiente y separada de cualquier departamento [38]. Godber fue extraditado y juzgado en 1975, y en sus primeros años la comisión llegó a detener a un gran número de policías en activo [38]. La Corrupt Practices Investigation Bureau de Singapur siguió un modelo similar de aplicación independiente de la ley; en el índice de Transparencia Internacional de 2024, Singapur obtuvo 84 puntos y ocupó el tercer puesto de 180 países, el primero de la región de Asia-Pacífico [39]. En ambas ciudades-Estado, la credibilidad de la reforma dependió de procesar pronto a personas poderosas del propio sistema, lo que demostró que las normas se aplicaban ahora a todos.
La experiencia de Georgia demuestra que el círculo vicioso de la corrupción endémica puede romperse.
— Banco Mundial, Fighting Corruption in Public Services: Chronicling Georgia’s Reforms, enero de 2012Bogotá ofrece un modelo diferente, centrado en las normas cívicas más que en la coerción. Antanas Mockus, elegido alcalde en 1995, puso en marcha un programa de cultura ciudadana que recurría a intervenciones simbólicas —entre ellas, mimos que se burlaban de los infractores de tráfico en los cruces— junto a la labor policial convencional [51]. En los años siguientes, los homicidios bajaron de 88 a 22 por cada 100.000 habitantes hasta 2003, las muertes anuales en accidentes de tráfico pasaron de unas 1300 a unas 600 y el consumo de agua se redujo en torno a un 40 % durante un periodo de escasez ◈ Evidencia sólida [51]. Unos 63.000 vecinos pagaron voluntariamente un 10 % adicional de impuestos [51]. Resulta difícil atribuir estos cambios únicamente al programa, ya que la labor policial y la situación económica también cambiaron. Pero el caso de Bogotá ilustra un mecanismo que la literatura sobre la confianza predice: cuando los ciudadanos ven que los demás respetan normas compartidas, aumentan sus propias expectativas de reciprocidad y la trampa social empieza a deshacerse [19].
Los rasgos comunes de los casos de reconstrucción exitosos concuerdan con la evidencia académica. En primer lugar, el cambio fue visible en el punto en que los ciudadanos se encuentran con el Estado: el control de tráfico, la oficina tributaria, el registro [34] [37]. En segundo lugar, las reformas apuntaron pronto a los poderosos, señal de que la imparcialidad era real [38]. En tercer lugar, las instituciones se hicieron estructuralmente independientes de los actores políticos a los que, de otro modo, podrían haber servido [38] [39]. En cuarto lugar, el éxito se midió por la experiencia y no por los anuncios ◈ Evidencia sólida [1] [5]. El debate histórico sobre Suecia —si su transición fue un big bang o una evolución gradual— importa menos para la política pública que esta lección compartida: la confianza llegó cuando los ciudadanos pudieron observar, de forma reiterada y directa, que las instituciones se comportaban con imparcialidad [19] [40]. Los riesgos que acompañan a estas reformas son igualmente constantes de un caso a otro, y determinan si una reforma produce una confianza duradera o una mejora pasajera.
| Riesgo para la reconstrucción de la confianza | Gravedad | Valoración |
|---|---|---|
| Reforma capturada por quienes gobiernan | Los organismos anticorrupción que responden ante el partido en el poder pueden convertirse en instrumentos contra la oposición y destruir la imparcialidad que generó la confianza [18] [38]. | |
| Mensajes en lugar de conducta | La OCDE constata que sentirse escuchado importa más que la comunicación; las campañas sin un cambio visible de comportamiento dejan intacta la brecha de voz [1] [4]. | |
| Reparto desigual de los costes | La evidencia de los años de crisis muestra que la confianza se desploma cuando las penurias se viven como injustas; las reformas que cargan los costes sobre los más débiles erosionan la confianza [30] [45]. | |
| Entornos informativos cerrados | Edelman constata que el 70 % duda en confiar en personas con valores distintos, lo que limita hasta dónde se difunden entre grupos las pruebas de la reforma [8]. | |
| Retroceso tras un cambio de liderazgo | La confianza en la policía georgiana cayó del 67 % en 2011 al 50 % en 2012; los avances exigen una conducta sostenida [37]. |
Los casos de reconstrucción comparten una asimetría. La confianza cae en cuestión de meses cuando las instituciones fracasan a la vista de todos, como en Grecia después de 2010, pero solo se recupera tras años de pruebas reiteradas, como en Georgia y Hong Kong [45] [36] [38]. Es probable que los reformistas que esperen un dividendo de confianza en un solo ciclo electoral se lleven una decepción. Quienes cambien la conducta en el punto de contacto y la mantengan pueden esperar que la confianza medida acabe siguiéndola.
La evidencia sobre la reconstrucción aclara también lo que no funciona. Ningún caso de la literatura muestra un aumento duradero de la confianza porque un Gobierno proclamara su fiabilidad o lanzara una campaña para fomentarla. Los resultados de la OCDE de 2024, que vinculan la confianza sobre todo con la voz, la integridad y el trato justo, implican que generar confianza es un subproducto de la conducta institucional y no un objetivo que pueda perseguirse directamente ◈ Evidencia sólida [5]. El argumento de Onora O’Neill, según el cual el objetivo debe ser más confianza en quien es digno de ella y no más confianza a secas, es el principio operativo que subyace a todos los casos de éxito [33]. Para las sociedades de baja confianza, la cuestión no es, por tanto, cómo persuadir a los ciudadanos de que confíen, sino cómo lograr que las instituciones sean demostrablemente dignas de confianza en los puntos donde los ciudadanos se encuentran con ellas. La respuesta en Georgia, Hong Kong y Singapur fue la persecución de los infractores con poder dentro del propio sistema y la independencia estructural. En los países nórdicos fue una prestación universal e imparcial a lo largo de generaciones.
Cultura o instituciones
El debate pendiente sobre el origen de la confianza, y sobre si su caída es un problema
Los economistas que rastrean la confianza a lo largo de generaciones constatan que persiste durante siglos ◈ Evidencia sólida [21] [22]; los politólogos que siguen a los individuos a lo largo del tiempo constatan que responde a las instituciones [25]. Otros sostienen que desconfiar de instituciones indignas de confianza es saludable ⚖ Controvertido [32]. El debate condiciona lo que la reforma puede lograr.
La explicación cultural descansa sobre pruebas sólidas. Algan y Cahuc hallaron que los estadounidenses heredan la confianza de los países de origen de sus antepasados y que esa confianza heredada predice los resultados económicos de dichos países [21]. Eric Uslaner constató que los estadounidenses cuyos abuelos procedían de países de alta confianza, como los nórdicos o Gran Bretaña, son más confiados, y que la herencia étnica parecía pesar más que el entorno actual ◈ Evidencia sólida [27]. Nunn y Wantchekon remontaron la desconfianza africana a la trata de esclavos de siglos pasados y hallaron que la mayor parte del efecto opera a través de normas y creencias interiorizadas [22]. Guiso, Sapienza y Zingales vincularon el capital cívico italiano al autogobierno medieval [24]. Si estos hallazgos recogen el canal principal, la confianza es una variable lenta en la que la política solo puede influir a lo largo de generaciones. Las sociedades de baja confianza estarían atrapadas por su historia, y las de alta confianza disfrutarían de una herencia duradera que un gobierno razonablemente bueno basta para preservar.
La explicación institucional descansa sobre pruebas igualmente sólidas, aunque de otra naturaleza. Sønderskov y Dinesen demostraron, siguiendo a los mismos individuos durante 18 años, que los cambios en la confianza institucional precedían a los cambios en la confianza social [25]. Dinesen halló que la confianza de los inmigrantes responde a las instituciones de su destino tanto como a la cultura de su origen [26]. Kumlin y Rothstein relacionaron el diseño de los programas de bienestar con la confianza de quienes los utilizan [20]. Los casos de reconstrucción —Georgia, Hong Kong, Singapur— muestran cómo la confianza medida en instituciones concretas cambia en menos de una década ◈ Evidencia sólida [35] [38] [39]. Las dos explicaciones no son estrictamente incompatibles. La transmisión cultural explica por qué los niveles de confianza son persistentes; los efectos institucionales explican cómo pueden cambiar. El hallazgo relevante para la política pública es que las instituciones son la única parte del sistema que los gobiernos pueden reformar directamente, y que sus efectos se acumulan a lo largo de generaciones una vez consolidados.
Los estudios sobre la herencia constatan que la confianza se transmite entre generaciones y continentes [21] [27] [22]; los estudios de panel y de migración constatan que las instituciones moldean la confianza en el transcurso de una vida [25] [26]. Una replicación de 2017 puso en cuestión partes de la estrategia de identificación de Algan y Cahuc [57]. La mayoría de los investigadores acepta hoy que ambos canales operan, pero discrepa sobre su peso relativo.
Un segundo debate gira en torno a si la caída de la confianza es siquiera un problema. Pippa Norris, en su libro de 2022 In Praise of Skepticism, recurrió a datos de encuestas de más de 100 sociedades para comparar la confianza de los ciudadanos con la competencia, la honradez y la imparcialidad reales de sus gobiernos, y sostuvo que los riesgos de una confianza excesiva y crédula suelen subestimarse ⚖ Controvertido [32]. Desde esta perspectiva, lo relevante no es el nivel de confianza sino su ajuste a la fiabilidad. La baja confianza en un Gobierno corrupto es señal de una ciudadanía que funciona; la alta confianza en uno indigno de ella es peligrosa. O’Neill ha sostenido que la supuesta crisis de confianza puede ser más una cuestión de lo que la gente declara a los encuestadores que de un rechazo activo a confiar en la vida diaria [33]. Los ciudadanos que dicen a los encuestadores que desconfían de los médicos o de los funcionarios siguen recurriendo a sus servicios. La evidencia conductual de las carteras perdidas y del cumplimiento durante la pandemia sugiere que la confianza declarada sí guarda correlación con el comportamiento, pero que esa correlación es imperfecta [52] [15].
Un tercer debate atañe a la medición en sistemas políticos distintos. El Edelman Trust Barometer sitúa sistemáticamente a China, los Emiratos Árabes Unidos, la India e Indonesia como las sociedades más confiadas, con puntuaciones en su Trust Index de entre 73 y 80 en 2026, mientras que Japón, Francia, Alemania y el Reino Unido obtienen entre 38 y 44 [8]. Sus críticos, entre ellos una verificación de Radio Free Asia, sostienen que los encuestados en las autocracias exageran su confianza por cautela, y señalan que algunos gobiernos bien clasificados han mantenido relaciones comerciales con Edelman ⚖ Controvertido [54]. La encuesta de la OCDE, limitada a democracias, a los países miembros y a los candidatos a la adhesión, utiliza métodos distintos y ofrece un panorama diferente, con Japón en el 46 % en 2025 y no en la cola [3]. Un cuarto debate se refiere a la diversidad: el metaanálisis de 87 estudios encuentra una asociación negativa modesta entre diversidad étnica y confianza social, pero Rothstein y Uslaner sostienen que la desigualdad y la corrupción pesan más [28] [17].
El argumento cultural
Los descendientes de inmigrantes conservan los niveles de confianza de sus antepasados, que predicen la renta de los países de origen [21] [27].
La exposición a la trata de esclavos y el autogobierno medieval siguen prediciendo hoy la confianza [22] [24].
La homogeneidad, la tradición protestante y la igualdad coinciden con una alta confianza en 60 países [29].
Un metaanálisis de 87 estudios encuentra una asociación negativa significativa con la confianza en los vecinos [28].
Si domina la cultura, las sociedades de baja confianza afrontan plazos generacionales para el cambio [22].
El argumento institucional
Los paneles daneses muestran que la confianza institucional precede a la confianza social a lo largo de 18 años [25].
La confianza de los inmigrantes refleja las instituciones del país de destino además de la cultura de origen [26].
Los programas condicionados a la renta se asocian a una confianza menor que los universales [20].
El peso de la evidencia actual respalda una síntesis. La transmisión cultural es real y explica la persistencia: los niveles de confianza son tenaces porque las expectativas pasan de padres a hijos y la experiencia cotidiana las refuerza [21] [22]. Los efectos institucionales también son reales y explican el cambio: cuando las instituciones se comportan de otro modo durante el tiempo suficiente, las expectativas se actualizan, primero entre quienes tratan con ellas directamente y después en el conjunto de la sociedad [25] [26] ◈ Evidencia sólida. Los casos históricos encajan en este patrón. El capital cívico italiano persistió porque las condiciones institucionales del sur siguieron siendo menos favorables durante siglos [24]; la confianza en la policía georgiana aumentó porque se sustituyó la propia institución [36]. En esta síntesis, la cultura es experiencia institucional acumulada. Cambia despacio porque la experiencia se acumula despacio, no porque sea inmune al cambio.
La síntesis tiene una implicación práctica para la manera de medir y debatir la confianza. Las cifras de cabecera sobre la confianza en el Gobierno, que reaccionan ante escándalos, elecciones y ciclos económicos, son malas guías del estado de fondo del capital social de una sociedad. Los indicadores de confianza en los tribunales, la policía, la función pública y los conciudadanos se mueven más despacio y reflejan mejor los cimientos institucionales [7] [12]. Un país puede perder la confianza en un Gobierno concreto sin perderla en sus instituciones, como le ocurrió a Noruega después de 2021, o perder ambas, como Grecia y el Líbano [2] [45] [49]. Distinguir entre las dos situaciones es esencial para el diagnóstico. La primera es un problema político que las elecciones pueden resolver. La segunda es un problema estructural que exige una reforma institucional y, a la luz de la evidencia, años de conducta coherente antes de que la confianza medida se recupere ◈ Evidencia sólida [37] [45].
Lo que nos dice la evidencia
La confianza sigue a la fiabilidad, despacio en ambos sentidos
La evidencia converge en una conclusión clara: la confianza la producen sobre todo instituciones imparciales y receptivas, y el factor individual más poderoso en la encuesta de la OCDE es sentirse escuchado ◈ Evidencia sólida [1] [25]. Los equilibrios de baja confianza persisten porque la desconfianza es racional, pero pueden romperse mediante cambios visibles en la conducta institucional, como demostraron Georgia y Hong Kong [35] [38].
El balance del capital social puede leerse ya con cierta seguridad. En el activo, los países de alta confianza poseen un acervo acumulado de experiencia institucional: generaciones de administración imparcial, servicios universales y baja corrupción, que han producido ciudadanos que esperan un trato justo y se comportan en consecuencia [13] [17] [25]. En el pasivo, los países de baja confianza arrastran un acervo de sospecha racional heredado de instituciones depredadoras, a veces con siglos de antigüedad [22] [24]. La encuesta de la OCDE muestra que los flujos que entran y salen de esos acervos responden sobre todo a la experiencia procedimental —voz, equidad, integridad— y no solo al crecimiento o a la prestación de servicios ◈ Evidencia sólida [1] [5]. La brecha de 47 puntos en la confianza entre quienes se sienten escuchados y quienes no es el hallazgo individual más importante de los datos [1]. Señala el déficit más importante de las democracias ricas: no la competencia, sino la sensación de que la participación cambia los resultados.
Lo que está en juego en términos económicos es considerable. Las estimaciones de Algan y Cahuc sobre la confianza heredada, aun descontando la incertidumbre metodológica, implican diferencias de renta de entre el 6 % y el 17 % entre las grandes economías europeas atribuibles únicamente a la confianza [21] [57]. La evidencia de la pandemia sugiere que la confianza influyó en las tasas de infección más que los planes formales de preparación [15] [16]. La evidencia sobre el populismo muestra que la desconfianza provocada por las crisis se traduce en voto antisistema, con consecuencias para la estabilidad de las políticas y la calidad institucional ◈ Evidencia sólida [30]. La confianza no es, por tanto, una variable blanda que puedan gestionar los departamentos de comunicación. Es un determinante del desempeño económico, de la capacidad sanitaria pública y de la estabilidad política, y como se construye despacio y se pierde deprisa, es una variable en la que los incentivos políticos a corto plazo invierten sistemáticamente menos de lo necesario.
Las implicaciones políticas se desprenden directamente de los determinantes. En primer lugar, las instituciones deben diseñarse para reducir al mínimo la discrecionalidad en el punto de contacto, mediante programas universales en lugar de condicionados a la renta allí donde sea factible, y mediante normas transparentes allí donde la discrecionalidad sea inevitable [20] [18]. En segundo lugar, la lucha contra la corrupción debe ser estructuralmente independiente y alcanzar pronto a los poderosos, como en Hong Kong y Singapur [38] [39]. En tercer lugar, la participación debe tener consecuencias: los datos de la OCDE muestran que el derecho formal al voto no cierra la brecha de voz y que los ciudadanos necesitan pruebas de que su aportación cambia las decisiones ✓ Hecho establecido [1] [4]. En cuarto lugar, los costes de las crisis deben repartirse de un modo que los ciudadanos reconozcan como justo, ya que es la injusticia, más que la penuria, lo que provoca el derrumbe de la confianza política [30] [45]. En quinto lugar, el éxito debe medirse por la confianza en instituciones concretas y por indicadores de comportamiento, no por los índices de aprobación de los gobiernos [7] [52].
Todos los hallazgos sólidos de este informe apuntan en la misma dirección. La confianza aumenta donde las instituciones son imparciales, receptivas e incorruptas, y cae donde no lo son; persiste porque las expectativas se heredan, y cambia cuando la conducta cambia durante el tiempo suficiente para revisarlas [25] [26] [36]. El objetivo de la política pública no es la confianza en sí misma, sino la fiabilidad en los puntos donde los ciudadanos se encuentran con el Estado.
Persisten varias incertidumbres. El peso relativo de la cultura y de las instituciones no está zanjado, y las estimaciones sobre la herencia son sensibles a las decisiones metodológicas [57] [27]. Es posible que las encuestas internacionales no capten la confianza de forma equivalente en sistemas políticos distintos, como pone de manifiesto el debate sobre el sesgo autocrático de las encuestas comerciales [54]. Las razones del fuerte aumento de la confianza en Japón y Corea entre 2021 y 2025 aún no están establecidas, y podrían responder a ciclos políticos más que a un cambio institucional ⚖ Controvertido [3] [43]. El efecto de la diversidad étnica es real pero modesto, y su interacción con la calidad institucional no se comprende del todo [28]. Y el argumento de Norris y O’Neill —que desconfiar de instituciones indignas de confianza es saludable— implica que algunos descensos medidos pueden reflejar un mejor juicio ciudadano y no un deterioro [32] [33]. Estas incertidumbres aconsejan prudencia a la hora de interpretar los movimientos a corto plazo, pero no alteran la conclusión central.
La comparación entre países sugiere una última lección sobre el tiempo. El acervo nórdico de confianza se construyó a lo largo de más de un siglo de reformas institucionales, y absorbe sacudidas políticas que desestabilizarían a sociedades de menor confianza [41] [2]. Georgia construyó una confianza medible en su policía en menos de una década, pero vio cómo parte de ella se erosionaba cuando cambiaron las condiciones políticas [37]. Grecia perdió la mayor parte de su confianza política en 4 años y solo la ha recuperado en parte en más de una década [45]. La confianza se acumula despacio y se gasta deprisa. Para los gobiernos, esto significa que la confianza que heredan es sobre todo el producto de la conducta de sus predecesores, y que la que lleguen a legar será el producto de la suya. Para los ciudadanos, significa que la desconfianza es a menudo una lectura razonable de la evidencia, y que lo que procede exigir no son garantías tranquilizadoras, sino instituciones que merezcan confianza.
El balance del capital social ofrece, así, una respuesta a la pregunta de su título. Algunos países confían en sus instituciones porque estas, durante largos periodos, han tratado a los ciudadanos con imparcialidad, los han escuchado y se han abstenido de la depredación, y porque esa experiencia se ha transmitido de generación en generación en forma de expectativa [17] [25] [21]. Otros no confían en sus instituciones porque su experiencia ha sido distinta, y su desconfianza es una adaptación racional que persiste hasta que cambia la conducta. La confianza puede reconstruirse; Georgia, Hong Kong, Singapur y, de forma más incierta, Japón y Corea muestran que la confianza medida responde a cambios institucionales visibles ◈ Evidencia sólida [35] [38] [39] [3] [43]. Pero solo se reconstruye mediante una fiabilidad demostrada una y otra vez allí donde los ciudadanos se encuentran con el Estado. El 40 % que confía en su Gobierno en el conjunto de la OCDE, y el 43 % que no lo hace, no expresan un carácter nacional. Informan de lo que sus instituciones les han enseñado.